martes, 17 de febrero de 2009

Mi Hijo En El Barco


Aquella mañana sin saberlo, empaque todo y salí apresuradamente. Casualmente no olvide la guitarra ni ningún documento en aquella casa donde mi hijo había crecido. Cuando me desperté él –mi hijo- estaba aun durmiendo, hice algo de ruido y regañadientes como siempre se levanto a toda prisa y salió ágilmente del cuarto. Su madre y yo nos alistamos con gran urgencia pues ya íbamos algo retrasados. En el carro antes de partir vi de nuevo a mi hijo en la silla de atrás durmiendo. Me dio pena despertarlo nuevamente, pues era un holgazán de tiempo completo, y quizás por eso me sentí orgulloso como padre, porque ya era lo que yo nunca lograre ser. Era la hora de partir, así que lo baje del vehículo y salimos a toda prisa. No nos despedimos de él. Quedo solo en casa aquella mañana.

Hace más de 10 meses de aquel incidente, no volví a ver a mi hijo ni a su madre. Aquella mañana abandone su casa para jamás regresar; conspirando con el destino, no deje ningún motivo para volver. Al menos no uno urgente, porque mi hijo, quien ya se hallaba bastante crecido era totalmente independiente de cualquiera de nosotros. Llevaba una vida sentimental agitada y sonoramente placentera, pues éramos testigos cada noche de cómo las féminas que lo perseguían maullaban de placer, en la misma terraza donde le vi crecer y donde salía a saludarme cuando me sentía llegar. Mi mayor orgullo. Un hijo que –literalmente- le enseñaba a su padre a hacer hijos.

Sonará pues improbable; pero de lo imprevisto de la existencia surgen las más bellas maravillas de nuestras vidas; mi hijo, un lindo gato, hijo de una muñeca –su madre- y un padre bastante particular. Llego a nuestras vidas de una manera inesperada, su bisabuela –mi abuela- lo envió en una pequeña cajita que él no tardo en vencer buscando su camino a la libertad. Su postura impetuosa y de una superioridad admirable, lo hacía patrón de todo el territorio y de aquellos que habitábamos en el. No mentiré si digo que su cuerpo engañaba su ego, pues él creía ser un León, que rugía y en su infinita misericordia perdonaba nuestras vidas día a día, bajo la amenaza de devorarnos de una sola bocanada.

Yo gozaba de ser su sirviente preferido pues me rugía con un desdén encantador, como si fuera su vasallo, me ordenaba todo con un cinismo brillante, y yo lo complacía agradecido. Pero era contrariamente noble con su madre, quien lo sometía a unos mimos algo denigrantes para él, el rey de la selva, pero que él, sorpresivamente bondadoso consentía todo de ella, siempre halagándola, siempre lamiéndole, cuidándole, acompañándole, durmiendo siempre juntos. Quizás por eso no me extraño demasiado todo este tiempo. Porque yo le servía cortésmente, pero su madre lo idolatraba y el –asombrosamente- no era esquivo a sus cariños. Esos ojos y esa mirada felina que ellos compartían, los hermanaba de un modo inimaginable.


Ayer, mientras manejaba (imprudentemente) recibí un correo de su madre: “esta mañana Simba Nené estaba enfermo, lo llevaba al veterinario pero no alcanzó a llegar. Supuse que te importaría saberlo” No supuso mal, ni igualmente imagino que no era la primera vez que un correo de ella a altas velocidades me hacía perder el control. Detuve el vehículo e hice algunas preguntas.

En la mitad de una autopista a la velocidad que soy tan feliz, recibí la noticia que mi hijo ya no cuidaba a su madre, ya no lamia sus mejillas y se había marchado para jamás regresar. Llore y solo recordé que era Oliverio de nacimiento, como fue bautizado por su bisabuela, pero era Simba de corazón, como fue bautizado por su madre, porque era un León bondadoso y fieroso encarcelado en un lindo gatito. Recordé que era mi hijo, mi único hijo, producto del amor de su madre y de mi abuela –dos de las mujeres que más he amado-. En silencio le pedí a su madre que hiciera algo para honrar la memoria de nuestro lindo nene. Retome mi camino y pensativo, deduje que mi hijo jamás moriría de una manera tan pusilánime, no era su forma de ser.

Decidido a encontrarlo o al menos a no olvidarlo, entre a una tienda de modelismo y vi el regalo que honraría su memoria y lo haría vivir para siempre. Un barco gigante, barco que me recordaba aquella película donde un león, una cebra, una jirafa y un hipopótamo, guiados por unos pingüinos trastornados, abandonaban la ciudad en busca de la vida salvaje. Allí supe que mi hijo no había muerto, solo se había marchado a ser el mismo. A aquella isla inalcanzable donde el podría ser el León salvaje que no pudo ser.

Me dirigí a los puertos de la ciudad. Camine entre la arena, con aquel barco de juguete en mis brazos. Marche rio adentro, con mis pies hundiéndose en la arena babosa y el agua que surcaba suavemente la playa tocando mis rodillas, puse el barco a flote y la foto de mi lindo nene en sus chimeneas. Lo solté y la corriente me lo arrebato de mis manos. Liberando a mi hijo. Llore nuevamente pero sonreí mientras lo veía alejarse.


Daniel Rodríguez

sábado, 7 de febrero de 2009

Los Dias Que Se Fueron 2da-Parte.

III.





Estimada Carolina:








Hoy, como de costumbre, pensé mucho en ti. Marque el número telefónico de tu casa. Aun recuerdo todos tus números: Cedula, Teléfono, Celular, Licencia de Conducción, Pasaporte, Seguro medico, entre otros. Ya sé que muchos son el mismo número, pero así siento que no te olvido y de paso, algo de inteligencia en mi. El teléfono timbraba y sentí la angustia que quizás contestaras y no sabría que decirte, desee que nadie contestara y así fue. Hace un tiempo escribí esta carta y otras más: a mis padres, a los tuyos, a mis amigos y a otros, pero la primera –la más importante- fue la tuya, eran muchas hojas, te hablaba de todo aquello que recordaba de ti, de cómo te conocí, y también, como te desconocí. ¿Recuerdas nuestros viajes? Déjame te recuerdo alguno en caso que los hayas olvidado.

El primer viaje que recuerdo lo hicimos a mi finca, viajábamos un viernes y era un fin de semana con un día festivo, recuerdo exactamente la fecha, viernes 15 de octubre. No teníamos carro y viajábamos en bus. Aun estábamos en la universidad así que yo debía asistir a algunas clases, y en particular a unos cuantos exámenes. Camino a la universidad un soldado del ejército me pidió mi libreta militar y mi cedula de ciudadanía –ya sabes lo indocumentado que vivía por aquella época- y haciendo alarde de mi conocida capacidad persuasiva lo convencí de mi inocencia y pude seguir mi camino, no con igual suerte o habilidad contaron todos los demás melenudos que detuvieron aquella vez. Era un viaje que el destino había condenado a realizarse. Nos encontramos en la U, salimos para tu casa, alistamos las maletas y viajamos con destino a Cachipay. En el bus presos de la penumbra que caía sobre nosotros decidimos querernos un poco, jamás serian suficientes besos, y tampoco jamás serian más inoportunos los tripulantes de aquellos buses. Llegamos y conociste mi humilde finca de recreo y más importante conociste mi linda Abuelita, pero más te intereso conocer mi linda piscina, la que a pesar del frio y del terror enfermizo que tenias al agua, decidiste enfrentar acompañándome en un chapuzón. Fuimos amantes furtivos usando la piscina a escondidas aquella noche estrellada. Yo sin ropa, ya te desvestía, pero tu tan pudorosa como siempre, no me permitías llegar más lejos. Cansados y -no menos- congelados subimos a la casa, como fugitivos que éramos entramos a hurtadillas. Te mostré el dormitorio que sería tuyo y el otro que sería mío. Discúlpame por no dejarte el cuarto con televisión, fue una falta de caballerosidad pero no quería dormirme a oscuras, y tu tampoco. Dormimos juntos en el cuarto con TV, aunque dormir podría no ser una palabra adecuada para aquella noche, cuando por primera vez me dejaste tocar tu cuerpo, deslizarme por tu espalda, acariciar tus senos bondadosos, y permitir que nuestras bajas humanidades se complaciesen. Los roces y refriegas nocturnas fueron nuestra religión, al menos por algunos instantes húmedos y temblorosos. Despertamos –tarde- al día siguiente ante la aparente normalidad del lugar, desayunamos un banquete gigante –ya sabes cómo nos consentían allá-. Esperamos todo el día la llegada de tus padres que viajarían a acompañarnos, aunque ahora sospecho que querían vigilarnos ¿Tu qué crees? Salimos al encuentro de tu familia al centro del pueblo, caminábamos despreocupados, como quizás no volveremos a caminar nunca, esperamos al anochecer y ellos aun no llegaban, te senté en una baranda a la entrada del pueblo y te quise un poco más, admirándote, consintiendo tu cabello descomplicado, tu nariz perfecta, y esos labios bienhechores y delicados que permitieron a mi lengua torpe y acelerada jugar con la tuya, tímida y respetuosa. Pero interrumpidos por las luces cegadoras del carro de tu padre, sonreímos y llevamos a tu familia a conocer el lugar.

Conocieron a mi abuelita, y a mi tía Janneth, quien trabajaba en el gobierno local, ella logro atrapar la atención de tu papá cuando dijo que habría un reinado regional y la reina nos acompañaría aquella noche en la casa. Tu padre, Ernesto, nunca pudo disimular ninguna emoción, ninguna mirada perdida. Quizás por eso, siempre gozó –y gozará- de mi admiración, le tuve mucho cariño y fui siempre un amigo frustrado de él, pues no pude ser más su amigo de lo que el respeto hacia ti y hacia tu madre me permitía. Aquella noche dormimos en cuartos separados, tú y tu familia en dos cuartos y yo en otro. Me enviaste un mensaje al celular a media noche reprochándome por no dormir juntos. Como eras de traviesa, ¿porque eras así?, por eso te quería tanto, por eso daba –y daría- mi vida por ti. Quisiera ahora enviarte otro mensaje y reprocharte igual ¿Por qué no dormimos juntos esta noche?

Nunca fuimos al reinado, ni siquiera a las ferias que se celebraban en las veredas cercanas y más pronto que tarde estábamos de regreso. Tenias otro viaje con tu parroquia ese mismo fin de semana, nunca te perdone que acabaras apresuradamente nuestro paseo por irte a broncear con tus –literalmente- amigos parroquianos, pero conminaste mi perdón y aceptare que nunca te vi más sexy y cándidamente hermosa que postrada en una cama desnuda cubierta por cremas para las quemaduras, ¿recuerdas? No podías moverte, parecías un camaroncito, todo rojito, y yo te quería saborear así. Te aplique las cremas con la mayor ternura y con no menos lujuria, pues del ejercicio de aplicar la crema terminamos agitándonos a escondidas en tu casa. Así recordare ese viaje a mi finca como aquel que despertó la lujuria en mí, y de cómo a pesar del ardor de las quemaduras pudimos frotar nuestros cuerpos calmando nuestras más candentes pasiones.

No quiero aburrirte con estas historias, que quizás recuerdes con vergüenza, pero soy desvergonzado y quiero contarte esta última, prometo no contarla completita, ni en exceso de detalles, ¿Si?, solo un par de minutitos mas. Esta historia la recuerdo empezar en un McDonald’s, exactamente el del centro comercial de Galerías, celebrábamos que habíamos pagado nuestro viaje a Montería. Tu mami nos acompañaba. Había una felicidad en el ambiente que me parecía peligrosa, el exceso de azúcar cuando pedimos McFlurry y cono helado para cada uno debió causar la fatiga de nuestras neuronas. Pues me esperaban más de 20 horas de viaje por tierra a donde rezaría por tres días la romería al espíritu santo, y aun así sonreía mensamente. Ya sabes cuan lochoso soy para viajar en carro, pero tú, bandida, Carolita, solo tú me hiciste viajar como nadie por tierra, parecías mi castigo y yo solo me deje flagelar por tu amor de carretera. Fuiste siempre mi Salva-vías. Empezamos el viaje muy tarde en la noche, yo abrigado por el suéter vino tinto que me regalaste, pero mi nariz congestionada luchaba por brindarme un respiro y tú, algo cuidadosa –como siempre- cargabas en tu bolso pañuelos para mí, limpiaste mi nariz, y yo te ame un poco más. Recuerdo mucho de lo que vivimos en el bus pues a decir verdad pasamos mas en el bus que en tierra firme. Fueron 26 horas de viaje, múltiples paradas, e incontables canciones y actividades en las que no logre contagiarme de la alegría que poseía este grupo de viajantes, ¿podrás perdonarme algún día? Yo se que te hubiese encantado haber estado en el centro del bus gritando, bailando, exorcizando a un desprevenido –si así hubiese lugar-, o alguna otra actividad que tu fe profesante y militante te hubiera permitido, pero tú consentiste mis pataletas y preferiste guardar reposo a mi lado, lejos de la turba de gente que se sacudían poseídos –sin lugar a dudas- por la unción redentora del espíritu santo. Así te recuerdo hoy, distraída, perdida de la vida, sin norte o sur. Un alma volátil que encantaba a los que te veían pasar. No sabias para dónde ibas, ni de dónde venias. Como una bella mariposa que posaba brevemente para mí; cuando en esos pequeños instantes de compromiso, de sensatez, de reposo, me abrazaste mientras todo pasaba alrededor; antes de volar nuevamente agitando tus hermosas alas. Quizás por eso te recuerde hoy, porque olvidaste al mundo entero por un segundo y te sentaste a mi lado a ver la vida pasar.


Daniel Rodríguez.