martes, 30 de junio de 2009

LA CHICA TROTA SIN DESCANSO

Una mañana de Febrero cerré la puerta con tanta rabia que las ventanas retumbaron casi al punto de estallar. Había salido a trotar y previsiblemente el frio me había derrotado. Salí semidesnudo y traté de seguirles el paso a unas lindas chicas que galopaban aun mas desnudas y como nunca sería tan lindo como ellas tampoco pude marchar a su ritmo; me hallé a varios kilómetros de casa y tuve que regresar en taxi, la hipotermia me iba a matar. Por su parte, Ella escuchó la puerta y no se perturbó en lo mas mínimo, siguió contemplando su libro, ensimismada, como si nada sucediese, con esa alegría que siempre escondía su rostro. Me indignaba su tranquilidad.

Molesto le dije: –No entiendo cómo puedes ser fanática de los eucaliptos.

De inmediato me respondió: –Porque no hablan– sin desprender su mirada de esas fotos arboladas.

Burlado grité: –¡Nunca más volveré a tratar de adelgazar!

Me secundó ella: –¡Nunca más!– sonrío pícaramente. Sabía que habría de intentarlo nuevamente.

Todo había empezado unas semanas antes así:

Solía observar algunos de mis vecinos mientras disfrutaban del parque y sus alrededores; los espiaba desde mi ventana con envidia; parecían tan felices: mientras patinaban, mientras pedaleaban, y más mientras trotaban. Admiraba sus vidas; yo no podría ser tan feliz, no a causa del ejercicio. La gente, que es malvada y también más lista que yo, me recordaba constantemente el gordo mofletudo y sin gracia en que me había convertido. Era una ofensa tan irrebatible y evidente que la aceptaba sumisamente. Quería acallar las insidias y superarme, tracé un plan, primero habría de ocuparme de mi gran amiga: la pereza.

Las cobijas me abrazaban cálidamente, sin ánimo de dejarme ir, pero fui valiente. Me dije: Quiero ser feliz (delgado) de nuevo. Tal como la chica que trotaba en las mañanas por todo el vecindario, cabalgando desafiante y atrevida, al parecer no se había enterado que la vida es (por lo general) triste. Me deprimía verla pasar frente a mi casa, rebosante de energía, a veces competía con ella, yo en el carro, pero a merced de su paso lento y seguro me superaba continuamente; los semáforos eran sus mejores aliados. Continuaba mi plan: debería entonces ejercitar mis adormecidos huesos y mi masa muscular adiposa, flácida y sin tonificar. Trotaría un poco, pero solo un poco.

Me vestí acorde a tan honorable labor: pantaloneta azul celeste; corta y ligera, camiseta blanca; ceñida y sin mangas, zapatos deportivos, medias blancas, y unas manillas para el sudor que hacían juego con la banda que llevaba en mi cabeza.

Di unos pocos brincos, una breve calistenia mientras abría la puerta. Levante la mirada hacia el horizonte donde alcanzaba a ver mi destino: ese parque donde había vislumbrado la felicidad. La escena encerraba un aire torero, quizás como un presagio inequívoco de un triunfo mío sobre la vida. Troté hacia la calle sin olvidar cerrar la puerta. Fui sonriendo desmedidamente a todos mis vecinos con admiración y agrado, finalmente era uno de ellos, me sentía uno de ellos, pero mi alegría se comenzó a opacar. A pocos metros de mi casa, y a pesar del sol radiante, soplaba la mas fría brisa que me adormecía la cara mientras galopaba, halle fuerzas en mi y logre continuar, pero el viento gélido fue malvado e inclemente, me derrotó, y de la manera tan rápida como salí, estaba de regreso en casa.

Siempre me alegro de ser tan precavido: había cerrado la puerta de mi casa correctamente; la seguridad ante todo. Siempre me entristece ser tan despistado, había olvidado las llaves dentro; un tonto ante todo. ¿Qué habría de hacer? Estaba atrapado afuera de mi casa, desprotegido y sin nada en mis bolsillos.

Templando de frio y resignado a morir sin dinero, sin celular, y lo peor, gordo, comencé a caminar. Zigzagueando sin destino trataba de pensar, si encontrase un teléfono no tendría números a donde llamar, tampoco tenía dinero de modo que no podría llamar ni ir a ninguna parte. Nunca me había sentido tan tonto, tan desnudo, y con tanto frio; al menos no todas a la vez.

De repente, e inesperadamente, vi mi salvación (o mi condena, depende de cómo se le mire y donde se le mire): la chica que trota sin parar. Allí venia, provocadora como siempre, imperturbable; mi última esperanza. Me adelante a su paso y la aborde mientras trataba de seguirle el ritmo con mi último respiro, pedí su ayuda y le conté lo que me había ocurrido. Por supuesto, no fue una versión fiel de los hechos, no podía revelarle lo cobarde y tonto que había sido; no en ese momento. Ella se detuvo y en un acto de total desenfreno interrumpió la música de sus auriculares y me dio su teléfono; tan glamuroso como ella, aquel que cargaba en su ante brazo y que además de musicalizar su marcha, le indicaba las calorías que estaba quemando y otros datos que encontré altamente apropiados.

Navegué un poco desde su dispositivo, conseguí el número telefónico que necesitaba y allí mismo llame a quien tenía la otra llave de mi casa. Supliqué por su ayuda.

Me dijo: –Tomare un taxi y estaré allí en cuanto pueda, espérame en la puerta, no desmayes. –sonaba angustiada.

Le dije: –No te garantizo que me encuentres con vida, estas pueden ser mis últimas palabras, apresúrate.– Ella río. No me parece risible mi vida agonizante, pensé.

Mientras hablaba al teléfono, la chica que trota sin parar (también semidesnuda, claro esta) no desaprovecho el tiempo y siguió ejercitándose sin desplazarse, estiramientos y contorsiones donde juro que logré verle todo, hasta una parte de su alma. Luego, le agradecí y le dije que me había salvado la vida. Solo sonrío, y antes de partir me informó que tenía un grupo de chicas que salían a trotar algunos días. Puedes acompañarnos si quieres, dijo ella –me entusiasmé- Así puedes adelgazar un poco –me deprimí.

De regreso en casa, espere algunos minutos, luego llego ella, tan campante y distinguida, al parecer ya había olvidado que mi existencia se encontraba amenazada por el frio infame que confabulaba contra mi persona y toda mi descendencia. Ella me saludo con un beso cálido y despreocupado, que me haría olvidar todo, como siempre. No sabía si amarle u odiarle. Sentía que ella se sabía superior a mí: esbelta, despreocupada, tibia. De momento solo pensaba en reavivar mi cuerpo, luego me ocuparía de ella y su apacible actitud. Me sumergí en un baño de aguas tibias por algunas horas.

Al cabo de un rato, lleno de rencor; pero del rencor cálido (que es mejor que odiar fríamente), mire nuevamente por la ventana ese parque donde la felicidad me había sido esquiva una vez más. No lo podía creer, allí estaba otra vez, la chica que trota sin parar, sujetada al árbol gigantesco de buen olor, exhibiendo todos los gozos de su cuerpo, ejercitando (sospecho yo) su espíritu, o eso que ahora llaman yoga. Perplejo y resignado acepté que nunca seria delgado de nuevo, carecía de esa determinación para lograrlo; nunca más alguien habría de quererme con cariño; no soy como ellos no merezco ningún afecto, pensé.

En ese momento: Ella, la amante de los arboles, quien ya se hallaba bastante molesta con el tema de mi sobrepeso, entro al cuarto y me sorprendió observando de nuevo el parque.

Me dijo: –No te atormentes más mirándolos.– le sentí cariñosa.

Le dije: –Solo quiero ser como ellos.– fui humilde.

Me preguntó ella: –¿Para qué?– hallándose desconcertada.

Le respondí: –Para que tú me quieras más.– fui noble.

Ella se apresuró y dijo: –Yo te quiero así.– fue tierna.

Le expusé: –Pero los prefieres a ellos.– confesé resignado.

Preguntó de nuevo: –¿Cómo quieres ser?– comprensiva, como nunca le vi.

Contesté sumiso: –Quiero ser un eucalipto.



Daniel Rodriguez.