domingo, 25 de enero de 2009

Andrea y El Metodo Hungaro

Es tarde en la noche, camino por un callejón oscuro sobre Bond Street, las luces de la ciudad son tenues, la penumbra y el humo del lugar encubren un sitio de encuentro furtivo al que asisto por total inercia y en el que solo echare un vistazo y partiré. Es una fiesta a la que me han invitado sin dar un centavo; no pude rechazar esa tentadora oferta. Entro, todos parecen estar disfrutando del lugar, se acerca una dama que ofrece guardar mi abrigo, declino, alego sentir muchísimo frio, aunque creo ser el único que parece sentirlo; todos los asistentes transpiran de una manera peligrosa, están hacinados, sus cuerpos se humedecen, la ropa les estorba y cada vez hay menos espacio entre ellos, respirando mas humo que aire. Diviso algunas personas que conozco, pero no puedo acercarme a ellos, no podría sobrevivir a esa turba de seres humanos que se sacuden al ritmo de las canciones más histéricas; mantengo la distancia.

Saludo a mi buen amigo Jean, fue él quien me regalo la boleta para asistir. El se acerca a la barra, pide la cerveza light que incluye la boleta. Mientras converso con dos o tres conocidos que disfrutan de mis habladurías; evidentemente he asistido a este lugar a hablar; lo curioso es que la música esta a todo nivel y nadie me escucha. No veo porque quedarme más tiempo ahí, he cumplido diplomáticamente mi labor de asistir y saludar, decido marcharme. Me detiene un ángel, le veo ahí, parsimoniosa entre la muchedumbre, impecable, flotando sobre ellos, su cabello rojizo y rostro tallado por los dioses me congelan, ella no se perturba en lo más mínimo, el mundo resbala a sus pies. Le digo a Jean, que debo conocerla, que al menos le diré la más improbable de mis frases para alagarla; él responde que la verdad no le importa y que haga lo que me plazca.

Me acerco, ella está conversando con un viejo conocido, mientras me acerco ella se va del lugar dejando claro que volverá, aprovecho y hablo con mi viejo amigo, le pregunto por esta linda chica, me dice su nombre y me aclara que la siguiente semana ella estará en mi clase. Ella regresa y me dispongo a hablarle; nunca nadie me ha gustado como ella; me acerco y preparo mi mejor discurso, tomo aire, ella me mira, noto sus ojos y admito que son los más bellos que jamás imagine y que me han mirado, me dispongo a vociferar mi mejor arsenal de cumplidos, tengo su atención, me mira con sorpresa, y solo teme que quizás la devore con mi voraz y pastoso mal aliento. De repente alguien pasa por detrás y me empuja, voy sobre ella y derramo su bebida sobre su lindo vestido, ella me mira de nuevo con sus ojos inmaculados, y solo sonríe comedidamente, me da a guardar lo que queda de su trago y le veo marchar. Caminando al baño a limpiar la evidencia de mi torpeza le observo y entiendo que estoy condenado a decir que conozco a la mujer más hermosa del mundo. Así le conocí, mi linda Andrea.

Quiero acariciarte. Es lo primero que pienso cada día cuando entro a clase y le veo. Es siempre tan puntual, su rostro tiene una mirada fría que causa que todos sus admiradores calenturientos y apresurados sucumban prematuramente. Es de pocos amigos y eso me cautiva aun más. Después del incidente de la fiesta, me tiene algo de aprecio, solo sé que me reconoce entre los demás, quizás por mi torpeza algo divertida. Le he visto un par de veces en los alrededores y siempre me atrapa cautivado por sus ojos, congelado mirándola, ella solo sonríe y me hace unas señas que respondo con la sonrisa mansa que me caracteriza. Las clases a las que asistimos son poco constructivas y de no ser por ella, hace tiempo hubiera desertado, ella me motiva a asistir diariamente, solo verla allí, tan diligente y entregada a sus labores me devuelve la esperanza que quizás exista algo porque levantarse cada mañana.

Debo abordarla y a pesar que ella nota lo mucho que atrapa mi atención, nunca hemos tenido una conversación formal; no aspiro ni espero mucho de ella, solo que me recuerde y sea mi amiga. La profesora pide numerar las personas de 1 a 15 para un trabajo en grupo, hago las cuentas rápidamente y cambio de posición en el salón y mis cálculos fueron correctos, ella y yo tenemos el mismo número, trabajaremos en algún proyecto juntos.

Empezamos a hablar y ella me cuenta mucho de ella, presto mucha atención, de igual manera le bombardeo con cumplidos y piropos que en demasía solo causan que no crea nada de lo que le digo y solo sonría. Su sonrisa es todo aquello que me condena, descubro que sus ojos son únicos y su belleza improbable pero su sonrisa es un elixir que me obliga a buscarla, tratar a cada segundo de hacerla feliz. Siento que quizás la ahogue con tantas atenciones. No quisiera estropear la química cantinflesca que nos une, yo su poeta-bufón de cabecera y ella mi princesa inalcanzable. Por algunas semanas vivimos así, siempre sonriendo al caminar, saludando a lo lejos y es quizás la manera correcta, ella ríe de mis ocurrencias y yo soy realmente feliz de verla sonreír.

Entro al salón de clases le encuentro sola como de costumbre, le veo triste, le pregunto si esta todo en orden, ella responde contándome lo sola que se siente, lo mucho que extraña su natal Hungría y como estas épocas festivas le afectaban profundamente, sentí que quizás nuestra amistad había tocado un nivel de comprensión más profundo del que esperaba, me sentí afortunado.

Pero mi incomprendida actitud frente al amor haría de las suyas, sentí que estaba exponiendo mis sentimientos más de lo debido, que quizás la estaba acosando de una manera enfermiza, decidí cortar por lo bueno y poner algo de distancia entre los dos. No quería arriesgar lo lindo que teníamos por mostrar una pasión calenturienta y apresurada por una mujer que gozaba de todas mis atenciones. Procuré no saludarla mucho, no encontrármela frecuentemente, no mirarla demasiado, no admirarla en cantidades, no dirigirle la palabra innecesariamente, y quizás ella quien no esperaba mucho de mí, más que un amigo se vio confundida y traicionada, y yo me vi en un desasosiego por su sonrisa que ahora me era esquiva.

Decidí abordarla un día que le vi sola de nuevo y preguntarle como estaba, su respuesta fue tan diciente que no pude evitar sentir la miseria de mis actos aunque debo confesar que sentí la ira de mi orgullo, me dijo: “eres alguien muy raro, te conté todo lo que sentía y más que nadie sabes cómo me siento, no preguntes cosas que ya sabes y que además según veo no son de tu incumbencia”, sentí como mi comportamiento era premiado con su desencanto, confesare que esta distancia marcada que puse entre los dos era una de aquellas estrategias que buscaban despertar su interés, obteniendo comprensiblemente todo lo contrario.

Preso de una herida en lo más profundo de mi orgullo, decidí no volverle a hablar, pensé que no podía dignificar esa clase de comportamientos, mantuve la distancia entre los dos, a pesar de desear estar a su lado siempre, nunca fuimos mas amigos, mas camaradas que cuando solíamos reír juntos. Pero fui condenado por su ausencia y de verla cada día en clase tan hermosa y bella, acepte que no podía seguir siendo el patán de siempre, era momento de un detalle que comprobaría lo idiota que soy, por mi linda Andrea y en general, por ella valdría la pena padecer las más baja de las miserias solo para ser redimida por su sonrisa inmaculada.

Andrea, mi linda Andrea, es una bióloga profesional y una viajante itinerante e incansable, ha visitado muchos lugares del mundo y cuando habla transmite ese amor que siente por todo aquello que hace; me había contado que el jardín botánico de la ciudad le había parecido un sueño y que lo más frustrante había sido llegar a la tienda de recuerdos y no poder comprar todos los libros que ella quería, porque no le alcanzaba su dinero. Dinero proveniente de sus padres que semanalmente ponían en su cuenta para que ella no pasara ninguna necesidad, dinero que le proveía de muchas facilidades, sin embargo, ella quiso conseguir un trabajo, le comente acerca de ser mesera que por su caracter delicado y gentil seria genial, me dijo que le parecía agotador el trajín de ser mesero que prefería algo mas fuerte pero con un carácter menos servicial, así fue como consiguio trabajo en la limpieza de un hotel, no creo haber sentido tanta admiración por un ser humano, como cuando supe su labor de los fines de semana. Le propuse que no trabajara en ello, que yo no lo permitiría, ella respondió que eso mismo querían sus padres pero que ella quería ganarse su propio dinero, nunca estuve tan enamorado de la determinación de alguien.

Fui en la víspera de noche buena al jardín botánico, le compre un detalle que esperé le haría tan feliz como ella me había hecho a mi; cuando sonreía, cuando era mi niña de temperamento, cuando su sonrisa atrapaba mis días. A pesar de nuestros desencuentros tenía mucho mas por brindarle. Le compre un bono de regalo para que se comprase algunas cositas en su amado jardín botánico. Nunca me sentí tan benevolente y justo en la vida, ella solo me había brindado su amistad, y su cuerpo para mi admiración, pero así honraría todo lo lindo que puso en mi; una ilusión inalcanzable.






Seria apresurado decir cuánto le ame, pero justo cuando creí ser un gran ser humano dándole un lindo regalo, me sentí minúsculo, le di un pequeño detalle y ella me dio otro de manera inesperada, era un lindo bolígrafo, para que calmara mis instintos de escritor frustrado y para que escribiera una novela, novela en la que ella pidió ser la protagonista, confieso que sera la protagonista de todas mis fantasías, pues no conocí belleza más sublime e inalcanzable alguna vez. Acordamos que firmaría sus regalitos del jardín botánico con una acalorada dedicación. Y así fuimos felices por algunos instantes, hasta cuando salimos a vacaciones y esclavo de mis mezquindades nunca le pedí su número telefónico ni su correo, para quizás invitarle a salir y llevarle a ver las estrellas como tanto le gustaba, pues espere que ella lo hiciera primero.

Le volví a ver hasta el regreso a clases, pero ya no estaba en mi salón, me vio en el corredor y alegro mi vida, me habló de sus vacaciones, los lugares que visitó y todo me lo contó con una pasión y delicadeza única, me sentí a su lado en cada una de sus historias. Se quejó acerca de la cámara fotográfica que se había estropeado y había perdido las fotitos de los últimos días recorriendo unos paisajes mágicos, aquellos que se hicieron famosos recreando aventuras épicas de duendes y magos, todo me lo contaba tan apresuradamente que quise entenderle más y ser todo suyo para sumergirme en sus memorias, tome valor y le invite a salir por primera vez, Ella acepto pero me dijo que sería después de clase porque se reuniría con unos amigos a almorzar. Acepte, pero mi pereza e inseguridades fueron más fuertes, nunca cumplí nuestra cita. Debo confesar que espere que me llamara, una llamada que jamás llegaría pues no tenía mi número celular, ni yo el suyo.

Al día siguiente nos encontramos para almorzar y Ella quiso ir a comer al sitio que tanto le gustaba, pero yo quise ir a uno diferente, disgustamos tontamente, cada uno almorzó por su cuenta, nunca olvidare como me miró cuando no almorzamos juntos aquel día, su mirada incredula, sus ojos grisáceos con visos azules y brillos verdes me miraron con toda la lástima que aun hoy me castiga, Ella me ha condenado a ser un hombre infeliz, pues siempre comparare y ninguna chica será más preciosa que mi linda Andrea, su belleza salida de un cuento de hadas de los hermanos Grimm; como una mezcla de invierno, primavera y otoño. Sus suaves pecas rojizas dibujadas en sus mejillas tersas, aquellas que deseé acariciar y colmar de los más delicados besos en una noche fria, cuando su delgado y esbelto cuerpo buscase un poco de abrigo y yo le confesase lo mucho que me gustaba, abrazandole y sintiendole cerca.

Ahora escribo motivado por ese lindo bolígrafo que puso en mis manos y por qué me dijo que le gustaría que fuera escritor y Ella la protagonista de mis historias, pero lamento escribir acerca de como abandonamos nuestra amistad y como ya no merezco su saludo cuando se cruzan nuestros caminos, más ahora que no volveremos a vernos. Nunca más me miró con cariño, nunca más me sonrió con esa inocencia cándida y tierna, nunca quise revelarle lo inocultable que era cuanto me gustaba y así fui víctima de mis malos juegos y malas tretas. Quise conquistarle pero la envolví en un juego de confusión y desencantos que ella misma padeció y que no merecia. Quise amarle en silencio y que fuera mi amiga, pero falle en cada una de mis labores. Lamento mi comportamiento temeroso e inexplicable, aunque solo asi comprendí cómo cada una de mis acciones moldearon la manera de amarle infinitamente y de perderle inexorablemente, aquello que siempre conoceré como el Método Húngaro para amar y perder.

Daniel Rodriguez.