La señora McLeod, es encantadora. Siempre mira todo a su alrededor con una minuciosidad enfermiza. Es rubia, de facciones fuertes, alta de estatura, y contextura delgada. De ella, Joanne, había escuchado que le gustaba la historia universal pero debido a sus ocupaciones nunca fue más que un pasatiempo; esto me lo contó su marido: El señor McLeod, dueño de la propiedad donde yo había habitado los últimos meses. Neil, sujeto de contextura rolliza, estatura prominente y aspecto caucásico, que sonreía constantemente.
Solía verlos una vez por semana cuando religiosamente pagaba mi renta, ellos siempre iban juntos o eventualmente aprovechaban nuestro encuentro semanal para coincidir sus agendas en ese lugar. Más que una cobranza, era siempre una visita cálida y acogedora. Joanne invariablemente llegaba primero, siempre hablábamos de historia, de guerras, de idiomas y de la pureza de su sangre.
Se sentía orgullosa de sus antepasados de Irlanda del norte y también de su conocimiento de las culturas del mundo. Aseveraba que solo mirando la cara de una persona podía establecer sus raíces familiares con una precisión absoluta, pero que comprensivamente las masivas olas de inmigración habían vuelto el más afable de sus pasatiempos una labor cada vez más complicada. Hace veinte años te subías al tren y podías mirar a alguien y decir con total seguridad: su madre es de Francia y su padre polaco, no había pierde, hoy nada es lo mismo, Afirmaba ella.
Siempre me examinaba en silencio, indagándose, yo lo notaba, decía estar segura que tengo un ancestro europeo que debió surgir en una migración desde el medio oriente hacia España y posteriormente en el mestizaje algo de su herencia se perdió con los nativos americanos, pero insistía que la sombra de aquel personaje aun subsistía en mí. Me lo repetía con tanta propiedad que no podía no estar en lo correcto.
Cierto día, Neil llego primero a nuestra acostumbrada cita, no era común que esto sucediese pero no le di ninguna importancia, de modo que me permití conocer a Neil de alguna manera diferente, El solía hablar siempre de las mejoras de la casa, de lo rentable de sus negocios, pero comprensiblemente me habló de su querida Joanne. Advertí en él un cariño único cuando se refería a ella, sus palabras se tornaban suaves y cautelosas.
Me contó de cómo conoció a Joanne en un viaje a la India hace ya algunos años, de aquello que le llamó la atención cuando aun eran adolecentes y que aun se vislumbraba claramente en ella. Me dijo que nunca había estado tan seguro de una decisión como la de haber dedicado su vida a su esposa; cada mañana se convencía mas de este gran acierto: una buena mujer, dulce y entregada a sus labores. Insospechadamente me susurro, con una complicidad irresistible, los placeres que ella le brindaba en la cama, a lo que yo sonreí y fuimos algo más amigos. Aunque comprendí que lo admiraba porque reconocía en él una felicidad que me era del todo desconocida.
Finalmente se despidió olvidando el dinero motivo de su visita, cuando estaba a punto de partir pregunte por Joanne y porque no nos acompaño en esta ocasión, el me miro con esa extraña tranquilidad y me dijo que ella había sido diagnosticada con cáncer de seno. Le dije que lo sentía, a lo que él se apresuro a responder que no era nada, esas cosas pasan, dijo. Yo aun perplejo le pregunte por la gravedad del asunto; es un estado avanzado del cáncer, le harán una cirugía y luego lo de siempre: radio y quimioterapia, recito él sin perturbarse. Le expuse una torpe reflexión propia: --No entiendo porque le suceden estas cosas a gente tan buena como ella--, si le pasara a gente mala, quizás nos alegraríamos, y nadie debe alegrarse por algo tan triste, sucinto él.
Me palmoteo la espalda y dijo que nos veríamos la otra semana, marchó tan sereno como siempre, encendió el motor de su vehículo y arrancó, no sin antes sonreírme en su convertible rojo. No olvidaré esa extraña tranquilidad con la que me habló, la paz que solo brinda el amar sin restricciones; imagino a la señora McLeod acostada en un hospital ojeando un libro con mapas antiguos y Neil a su lado admirándola, amándola en silencio, ella encuentra el país donde sospecha proviene un antepasado mío, lo enseña a su esposo quien la escucha atentamente. Ambos ríen.
Daniel Rodríguez.
domingo, 31 de mayo de 2009
ESA EXTRAÑA TRANQUILIDAD
lunes, 11 de mayo de 2009
PERDIENDO EL CONTROL
Una llamada irrumpe el silencio del amanecer.
¿Aló?
-Amor, hablas con tu abuelita.
-Hola Abuelita, que alegría escucharte, ¿Cómo va todo?
-Gracias a Dios, todo súper. Y ¿Tu? ¿Cómo estás?
-Bien Abuelita, no me quejo, aunque casi no me queda tiempo para dormir.
-Mi Sergito, estoy muy preocupada.
-Cuéntame, ¿Paso algo?
-Se que andas muy solo, y siempre que me escribes dices que tienes pereza. La soledad no es buena.
-Ya, y ¿Por qué estas preocupada?
-Porque tú te empeñas en estar solo. Haz algo. ¿Por qué no invitas a Carolina?, yo se que a ella le encantaría estar contigo, se nota que te quiere muchísimo.
-Abuelita, Carolina y yo terminamos hace más de un año.
-Ay amor no seas remilgoso, anda y pídele perdón. Nadie te quiere como Ella.
-No sabes lo que dices.
-Llámala, de seguro le encantara que la invites unos días a que te visite y te consienta, nadie te quiere como ella.
-Abuelita, No te había dicho, pero ella tiene novio.
-Claro que lo tiene. Tu, mi vida.
-No soy yo. Es Otro.
-Ay mi Sergito tu siempre con tus ocurrencias. Ella sería incapaz.
-No sabes lo que dices.
-Ella es la mujer indicada para ti, lo sé. Dios lo ha querido así.
-Abuelita por favor entiende, Carolina esta con otra persona hace un tiempo y no ha de volver.
-Mi amor ¿Ves lo que te digo?; la soledad te está haciendo daño. Ya andas alucinando cosas. Como se te ocurre decir que ella tiene otro novio. Me preocupas. Ella sería incapaz.
-Comprendo. Esto puede ser difícil, pues no te lo había querido comentar antes.
-Dime.
-Carolina está embarazada.
-¡Ay amor! ¡Qué Alegría! Que bendición tan maravillosa. Sabía que ustedes eran el uno para el otro. Ella es un amor. ¿Cuándo regresas?
-Abuelita por Dios, ese hijo no es mío.
-No te pongas así, Ya sabes lo que bien te he dicho de ser un hombre responsable. Tienes que responder por tu hijito, mi amor. ¿De quién mas va a ser si no tuyo? Con eso no se juega. A Dios no le gustan esas cosas.
-Abuelita el padre del niño es el futuro esposo de carolina.
-Ves, me encanta cuando te pones noble. Ya no eres su novio, ahora eres su marido. El que Dios ha elegido para acompañarla y cuidarle. Qué lindo mi Sergito, me has dado la alegría más grande en mucho tiempo. Serás un gran esposo con la esposa más linda. Dile a la mamita de carolina que me muero de ganas por conversar con ella. Tenemos mucho de qué hablar. Ella es genial.
-¿De qué hablas?
-Amor, ya vengo debo contarle esto a la señora Melania, ¿la recuerdas? Ella te conoce desde que eras un bebe y estará orgullosísima de ti. Será un niño precioso. Seré bisabuela. Te amo mi Sergito.
-Lucila, Por favor escúchame atentamente: Carolina y yo terminamos hace mucho tiempo, Ella está mucho mejor así y creo, yo también.
- ¿Por qué dices cosas tan horribles? Me duele escucharte así, Como dices que una madre puede estar bien sin el padre de sus hijos. Eso no es vida. ¿Cómo puedes ser tan cruel y desalmado? Estoy preocupadísima por ti. Has cambiado, ya no eres noble como antes y me da tristeza perderte. Solo hablas de mujeres cualquieras que ves por la calle y te olvidas de la que tanto te quiere y es ahora la madre de tus hijos. Yo no puedo imaginarte más así. Debes regresar, te siento distante, perdido, confundido. Voy a Hablar con la madre de Carolina, debemos recuperarte, por allá te puede parecer normal el libertinaje que vives pero eso no está bien.
- Abuelita, tú no me escuchas con atención.
-Si lo hago, pero quisiera no hacerlo, me lastimas Sergio Daniel.
-Entiendo. Abuelita, está bien. Tienes toda la razón. Hablare con Carolina y le pediré perdón, responderé por mi hijo y quizás, no te lo garantizo, le de mi apellido. Depende de ella.
- Así me gusta mi nietecito favorito, que seas todo un hombrecito: ¡hecho y derecho! Ya sabía que te hacían falta mis consejos. Has vuelto al camino correcto. Llámame pronto y me cuentas.
-Así será abuelita.
- Te quiero mucho mi Sergito.
-Y yo a ti. Te adoro Lucy.
-Besos mi amor.
-chau chau.
El hombre mitómano cuelga el teléfono. No debo mentir mas, ya debería saberlo, piensa. Las mentiras se le salen de control. Ahora debe decir otra más grande que lo saque del embrollo. Él lo sabe. Haría lo que fuera por su abuelita que tanto ama y que lo ama ciegamente.
Daniel Rodríguez.
¿Aló?
-Amor, hablas con tu abuelita.
-Hola Abuelita, que alegría escucharte, ¿Cómo va todo?
-Gracias a Dios, todo súper. Y ¿Tu? ¿Cómo estás?
-Bien Abuelita, no me quejo, aunque casi no me queda tiempo para dormir.
-Mi Sergito, estoy muy preocupada.
-Cuéntame, ¿Paso algo?
-Se que andas muy solo, y siempre que me escribes dices que tienes pereza. La soledad no es buena.
-Ya, y ¿Por qué estas preocupada?
-Porque tú te empeñas en estar solo. Haz algo. ¿Por qué no invitas a Carolina?, yo se que a ella le encantaría estar contigo, se nota que te quiere muchísimo.
-Abuelita, Carolina y yo terminamos hace más de un año.
-Ay amor no seas remilgoso, anda y pídele perdón. Nadie te quiere como Ella.
-No sabes lo que dices.
-Llámala, de seguro le encantara que la invites unos días a que te visite y te consienta, nadie te quiere como ella.
-Abuelita, No te había dicho, pero ella tiene novio.
-Claro que lo tiene. Tu, mi vida.
-No soy yo. Es Otro.
-Ay mi Sergito tu siempre con tus ocurrencias. Ella sería incapaz.
-No sabes lo que dices.
-Ella es la mujer indicada para ti, lo sé. Dios lo ha querido así.
-Abuelita por favor entiende, Carolina esta con otra persona hace un tiempo y no ha de volver.
-Mi amor ¿Ves lo que te digo?; la soledad te está haciendo daño. Ya andas alucinando cosas. Como se te ocurre decir que ella tiene otro novio. Me preocupas. Ella sería incapaz.
-Comprendo. Esto puede ser difícil, pues no te lo había querido comentar antes.
-Dime.
-Carolina está embarazada.
-¡Ay amor! ¡Qué Alegría! Que bendición tan maravillosa. Sabía que ustedes eran el uno para el otro. Ella es un amor. ¿Cuándo regresas?
-Abuelita por Dios, ese hijo no es mío.
-No te pongas así, Ya sabes lo que bien te he dicho de ser un hombre responsable. Tienes que responder por tu hijito, mi amor. ¿De quién mas va a ser si no tuyo? Con eso no se juega. A Dios no le gustan esas cosas.
-Abuelita el padre del niño es el futuro esposo de carolina.
-Ves, me encanta cuando te pones noble. Ya no eres su novio, ahora eres su marido. El que Dios ha elegido para acompañarla y cuidarle. Qué lindo mi Sergito, me has dado la alegría más grande en mucho tiempo. Serás un gran esposo con la esposa más linda. Dile a la mamita de carolina que me muero de ganas por conversar con ella. Tenemos mucho de qué hablar. Ella es genial.
-¿De qué hablas?
-Amor, ya vengo debo contarle esto a la señora Melania, ¿la recuerdas? Ella te conoce desde que eras un bebe y estará orgullosísima de ti. Será un niño precioso. Seré bisabuela. Te amo mi Sergito.
-Lucila, Por favor escúchame atentamente: Carolina y yo terminamos hace mucho tiempo, Ella está mucho mejor así y creo, yo también.
- ¿Por qué dices cosas tan horribles? Me duele escucharte así, Como dices que una madre puede estar bien sin el padre de sus hijos. Eso no es vida. ¿Cómo puedes ser tan cruel y desalmado? Estoy preocupadísima por ti. Has cambiado, ya no eres noble como antes y me da tristeza perderte. Solo hablas de mujeres cualquieras que ves por la calle y te olvidas de la que tanto te quiere y es ahora la madre de tus hijos. Yo no puedo imaginarte más así. Debes regresar, te siento distante, perdido, confundido. Voy a Hablar con la madre de Carolina, debemos recuperarte, por allá te puede parecer normal el libertinaje que vives pero eso no está bien.
- Abuelita, tú no me escuchas con atención.
-Si lo hago, pero quisiera no hacerlo, me lastimas Sergio Daniel.
-Entiendo. Abuelita, está bien. Tienes toda la razón. Hablare con Carolina y le pediré perdón, responderé por mi hijo y quizás, no te lo garantizo, le de mi apellido. Depende de ella.
- Así me gusta mi nietecito favorito, que seas todo un hombrecito: ¡hecho y derecho! Ya sabía que te hacían falta mis consejos. Has vuelto al camino correcto. Llámame pronto y me cuentas.
-Así será abuelita.
- Te quiero mucho mi Sergito.
-Y yo a ti. Te adoro Lucy.
-Besos mi amor.
-chau chau.
El hombre mitómano cuelga el teléfono. No debo mentir mas, ya debería saberlo, piensa. Las mentiras se le salen de control. Ahora debe decir otra más grande que lo saque del embrollo. Él lo sabe. Haría lo que fuera por su abuelita que tanto ama y que lo ama ciegamente.
Daniel Rodríguez.
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