I.
Queridísimo Fernando:
Papá. Papi, te recuerdo por primera vez alzándome en tus brazos cuando quizás tenía tres años o menos. Aun puedo sentir la chaqueta de cuero que llevabas aquel día; el olor (tu olor) cuando llevabas mi cabeza sobre tu hombro. Estábamos en la finca con mis abuelitos, tal como era antes, ¿recuerdas? No sabía lo que sucedía a mi alrededor era solo un niño, pero sentí tu amor y quizás por eso te recuerdo en ese día.
Hoy cumplí años y me llamaste. Recuerdo muchos cumpleaños y en todos siempre me diste todo lo que quise, muchas veces llore porque no lo hacías y no me dejaste llorar mucho, te quise por no dejarme llorar y me malcriaste, ahora te quiero más debido a eso. Papi ya no soy un niño pequeño, estoy lejos y aun así te preocupas muchísimo, ó quizás no soy tan grande como debería. Papi, ¿recuerdas el viaje a Argentina? llore porque no podía dejar a mama, llore porque no podía ir solo, llore porque no se que haría sin ti preguntándome si necesito algo para que tú me lo compres. Ahora y siempre me haces falta. Papi quizás yo sienta que en el pasado nos distanciamos un poco porque tuve que renunciar al futbol; tu gran pasión, la que ahora Pablinho hace vibrar con gran entusiasmo; pero debes aceptar que siempre fui más delicado y frágil que lo que tu hubieras querido, por eso me querías, me mimaste, no dejaste que pasara trabajos, siempre me hiciste la vida mas fácil y realmente no pude tener una vida más tranquila. Hoy cuando te conté algunas peripecias de mi trabajo el fin de semana, reíste y me dijiste que yo era un vago y haragán que nunca había trabajado, yo reí y celebre tus palabras, pero ahora debo agregar que fui un vago y haragán, pero uno muy feliz! gracias a ti. Papi, no quiero hacer esta carta muy larga pero déjame contarte una pequeña historia, dale, ¿si?, prometo no demorar mucho: ¿recuerdas aquella vez que perdí la cámara de fotos en el aeropuerto?, que linda era la cámara, nuevecita estaba, y me la diste un segundo para que la tuviera, la colgué en mi cuello, creía verme muy interesante con ella puesta en tan prestigiosa posición, quizás no había una mejor imagen que la de un turista en el Aeropuerto con su cámara al cuello lista para disparar la intrépida foto de un instante inmortal, pero debo confesar que mi eterna adicción a los dulces fue más fuerte y deje la cámara abandonada en la silla mientras iba a pedir otro caramelo. cuando fui de regreso ya no estabas y decidí ir a buscarte, nos encontramos a la salida del restaurante y salimos hacia inmigración, pero te percataste de que había perdido la cámara y corrimos de vuelta al local para que aquella linda chica nos la devolviera con una sonrisa comedida, me regañaste y llore; creo que en ese instante comprendí que estaba condenado a defraudarte muchas veces; papi no me enseñaste el trabajo duro, pero me enseñaste como amar a las personas, ahora trabajo para poder amar a las personas como tú me enseñaste a amarlas: malcriándolas.
II.
Querida Esther:
Mamá. Mami, hoy te llame y hable contigo brevemente, me alegró escucharte y saber que estas bien. No pude evitar sentirme mal porque tú me llamaste primero (temprano en la mañana) y no te conteste; preso de la pereza decidí no hacerlo, quise dormir un poco mas y no hacerte gastar dinero; espero algún día entiendas esto como un acto de amor y preocupación impresentable, pero indudablemente tierno.
Sabía que querías decirme feliz cumpleaños. Lo sentí. Soy feliz al saber que siempre piensas en mi --por eso dormí unas horas mas, convencido de la causa--. Me arrullaste de nuevo como lo hacías hace tantos años. ¿Recuerdas?, siempre llevándome a las terapias respiratorias, sentado durmiendo y tú a mi lado, esperándome, arrullándome. ¿Recuerdas aquellos doctores? ¿El Doctor Zarate?, ¿El Doctor Llorente? Y ¿recuerdas al Doctor Alexander? Recuerdo cuando visitábamos aquella hermosa casa sobre la avenida 127, la sala era gigante, con un tapete tan acolchonado que daban ganas de tirarse sobre él y dormir. La biblioteca ocupaba toda una pared y además de libros siempre habían juguetes en sus amplios estantes. Acostumbrábamos a sentarnos en el sofá junto a la ventana, veíamos el jardín precioso con su grama verde limón y un rodadero que siempre quise montar. Pero llegaba la hora triste y me viste llorar pero finalmente aceptando valerosamente mi condena: mi terapia; conectar unos cables y atarme a una bala de oxigeno hasta caer dormido. Cuando me despertabas era hora de partir y salíamos a tomar un bus que muchas veces nos llevo donde papa, otras veces a casa, yo solo sabia estar a tu lado e ir donde tú fueras, durmiendo a tu lado, junto a ti, sobre ti. Quisiera que la vida fuera tan sencilla y hoy pudieras hacer lo mismo, estar a mi lado mientras duermo. El Doctor Alexander siempre receto un suero de administración nasal, al que inexplicablemente le tenía un terror enfermizo, no era fácil aplicarme la dosis, se requería la asistencia de dos o más personas para someterme a tan penoso trámite. Pero fuiste Ingeniosa, y encontraste la manera de someterme plácidamente al suero, ¿recuerdas lo que sucedió? Permíteme recodártelo.
Solíamos ir al centro comercial de Moda en aquella época, estaba recién construido, siempre pasábamos frente a él todas las mañanas cuando iba contigo hacia tu trabajo o con papa hacia su oficina, veíamos propagandas en TV por las noches acerca de este moderno y emblemático edificio. Disfrutamos encontrándonos ahí con papá después de tu trabajo, puesto que quedaba cerca para los dos. Visitábamos el majestuoso Bulevar Niza, y ahí, caminando por alguna de sus amplias pasarelas comerciales vimos una hermosa Tractomula Gigante de juguete, con sus colores amarillo y negro parecía la más fiel replica de aquellos gigantes del asfalto, yo la distinguía a lo lejos, desde que bajamos por la escalera eléctrica. Siempre que fuimos al Bulevar me llevaste a verla, aun recuerdo el local exacto en el que la admirábamos y esperábamos a papa. Por supuesto recuerdo el precio: 5000 pesos. Me enamore por primera vez, y tu lo notaste, viste mi apasionada devoción hacia mi juguete sagrado, como pasaba las horas mirandola sin cansarme de hacerlo. Prometiste comprármela para navidad o cumpleaños si me dejaba aplicar el suero por vía nasal. Acepte resignado y fui obediente, sumiso, pero sobre todo enamorado. Me aplicaste la medicina sin problema hasta terminar el tratamiento, me curaste, y yo no me opuse jamás.
Tiempo después antes de mi cumpleaños fuimos a visitar la juguetería para admirar mi primorosa Tractomula, como ya era costumbre. Pero la vida no me había preparado para tan fatídico incidente. El juguete había sido vendido. Llore y quizás en mi inocencia de niño comprendí que sin importar si pierdo todo aquello de lo que me enamore, siempre te tendré a ti, que me curaste de mi enfermedad con una ilusión pasajera. Por eso quizás te recuerde hoy. Porque me enseñaste a Enamorarme y perder. Para darme cuenta que siempre estarás a mi lado.
Daniel Rodriguez