IV.
Distinguida Pilar:
Me encuentro hoy escribiendo una carta que con el dolor de tu ausencia se que quizás jamás leerás, pero solo un testarudo y terco, como sabes que soy, continuaría escribiéndola hasta contarte todo aquello que quizás no quisiste escuchar de mi. Pily, te recuerdo por primera vez en un bazar en aquella escuelita donde solías trabajar. Me recibiste con un cariño único. Me presente como Oscar, no quería que te dieras cuenta de mis inocultables –y sospechosas- intenciones con tu linda hija, pero tú, que siempre reconociste mi mirada perdida y desorientada, sonreíste sabiendo que mentía pésima y descaradamente. Me brindaste de todo lo que vendían en aquel bazar que ayudaba con fondos para esa noble labor de la que tú eras cómplice. Regodiento –como de costumbre- no hice mi mejor cara y advertiste que mi pasión no eran las papas chorreadas. Algo molesta y ofendida, arremetiste contra mi gusto por kokoriko y otras buenas mieles de la cocina callejera. Pero bien me entiendes ahora; que hemos comido juntos en diferentes lugares, diferentes platos, diferentes cocinas pero siempre con el mismo amor; lo difícil de renunciar a esos placeres.
Recordar todo aquello que nos une seria interminable porque tu sabes todo lo que vivimos, lo que padecimos, lo que sufrimos, y cuanta felicidad tuvimos al final, cuando vimos luz en aquellas epocas tan oscuras. Aunque ahora solo recuerdo aquellos episodios inolvidables, ¿recuerdas cuando fui profesor invitado en tu escuelita? yo recuerdo muy bien algunas cosas,tus alumnos: Alan, Natalia, Giggio (Yiyo) -disculpa el glamour pero ya conoces como soy de pretencioso-, Giovanni, Fernando, entre otros, de alguna manera me querian y me saludaban como el profe. Sonrio ahora por la inocencia de un niño, porque ignoraban ellos ingenuamente que de mi no podrian aprender mucho. Al entrar al salon de clases se abultaban sobre mi, con un cariño poderoso y en esos momentos admiraba y envidiaba tu vocacion. Yo solia ir a ayudarte a ponerle planas de escritura a estos chicos, ignorando mi caligrafia impresentable que tiempo despues mejoro gracias a ti. Solia dictar una clase de deportes donde les enseñaba lo que mal aprendi acerca del fútbol. No sabes cuan mal le hiciste a estos angelitos, poniendolos a merced de todas mis malas mañas, de esa picardia al jugar, como conjurar ataques al rival y de esa actitud envenenada contra el arbitro, que yo sembre en ellos. No importaba la derrota, siempre sería culpa del arbitro. Ellos bien aprendieron esa parte. ¿Que habra sido de aquellos lindos chicos? Espero no hayan dedicado su vida al deporte. Pero al igual que ellos, siempre te vi como la profe que soluciono todos nuestros problemas, yo siempre grite tu nombre y viniste ayudarme. Ahora extraño que me invites algunos caramelos en la cafeteria, ya sabes como me gustaban, pero solo los de marca. ¿me invitarias algunos?, aunque nunca te di las gracias. Ahora lo hago sentidamente. G-r-a-c-i-a-s P-r-o-f-e-s-o-r-a P-i-l-a-r.
Perdóname si nunca te dije lo mucho que te quise y si es aceptable, lo mucho que te ame. Te consentí como una damita que merecía muchas de mis atenciones. Recuerdo mucho de ti. Llevo mucho de ti. Extraño todo de ti. Quisiera que la vida no nos hubiera castigado con esta amistad tan chúcara y miserable a la que tu sabias, siempre estuvimos condenados, y que precariamente tratamos de salvar de mil maneras en una labor perfectamente inútil. Por eso, hoy te escribo, con la esperanza que quizás recibas algo de mí con cariño y no con prevención. No quiero que pienses: otra vez el pesado de Daniel, queriendo entrometerse en nuestras vidas. Solo quiero contarte cuanto te quiero y cuanto te extraño, si así me dejas. Y es que nadie, pilar, nadie me ha estimado como tú, creíste en mi, en mis buenas intenciones y me permitiste entrar en tu casa, me confiaste tu vida, y yo solo supe huir ante el peso de las responsabilidades. Discúlpame si en mi cultivaste una amistad para afrontar las tempestades y solo estuve a tu lado en las primaveras. Solo supe hacerte reír cuando no debía, ¿recuerdas? “Dani por favor no! Otro día me cuentas los chistes” no podías reírte de mis –malos- chistes por tus cirugías y cuando era insostenible la risa, decías sentir que te descocías por dentro. Extraño que rías de mi mal humor, de mi pésimo humor, nadie se ríe con tanta gracia como tú, menos de mis chascarrillos. Extraño darte paseos cuando estabas convaleciente, caminar despacio a tu lado, salir al tronco a la entrada de tu finca. Extraño cuidarte, porque siempre te cuide. Me adoptaste como otra madre, pero te abandone como otra de tus peores decepciones. Debí ser fuerte a las mareas del amor que aquejaban mis aposentos y tener la tenacidad para protegerte de los calenturientos amantes que atravesaron tu camino, aquellos que aceleraron mi partida de tu vida.
Luego de la separación de Ernesto tu corazón me pareció una montaña rusa indescifrable y temiblemente peligrosa. Primero Fue Luis. Lo conociste por internet. Y me dolió enterarme los planes que tenían juntos, de repente ya era dueño de tus sueños; te abandone un par de meses y a mi regreso ya tenias un prometido. Pero más me dolió enterarme que te acostaste con él. Quise tener una mente liberal y hacer de ello algo normal, pero fracase en el intento y no pude tolerarlo, hirió mi orgullo. Todo marchaba bien, el te visito. Tú viajaste a conocerlo. Pero de repente –y previsiblemente- él desapareció. Me afligió estar en lo correcto, era solo uno más que jugaba con tu cariño, el mismo que hoy extraño. Luego hablaste conmigo en un par de ocasiones, y me contaste lo sola que te sentías, pero que ahora tenias un nuevo amigo, te pregunte por él, y solo me dijiste que era un ingeniero, más joven que tu, 15 años para más señas, y que eran (solo y nada mas) estupendos buenos amigos. Te advertí y te dije que no parecía bien lo que hacías, que la soledad era la peor consejera. Me entere luego, y de tus labios, que habías enredado tus sentimientos y tus piernas en sus dominios. Llore de tristeza, y supe que te había perdido para siempre. Nunca más supe de ti. No pude buscarte; no soy así de valeroso. Nunca más me buscaste. Y flagelándome, en un ejercicio de especulación totalmente infructuoso, pienso que si hubiera sido fuerte, tu amigo, un verdadero amigo, nunca hubieras buscado el afecto y las atenciones que yo te brindaba en los brazos de otro. Sé que soy egocéntrico y –quizás- engreído al pensar esto, y que posiblemente nunca te hubiera llenado como hombre. Pero quise ser el hombre, el hombre de tu casa, para cuidar de ti, de tus lindas hijas. Ahora me resigno gallardamente a ser un recuerdo en sus vidas, pero tú siempre estarás en mis contactos como: mi mamita Pilar.
Daniel Rodríguez.