Me encontraba durmiendo en un amplio sofá de la biblioteca, sofás dispuestos para las personas diligentes e itinerantes que buscan el conocimiento, los mismos que yo había usurpado sistemáticamente para mis siestas diarias. Allí al final de mi reposo programado me abordó un sospechoso oriental que me abrumaba con preguntas insidiosas, traté de contestarle con algo de decoro pero no logré articular correctamente palabra alguna. El sospechoso sujeto, algo molesto por mi falta de cooperación, se alejó no sin antes mirarme con la lástima que merecía. Cerré los ojos nuevamente.
Era inevitable, dormiría un par de horas más, lo sabía. Lo que no sabía era que alguien habría de perturbarme de nuevo. Un puntapié letal al tobillo me envió al suelo, grité auxilio y llamé a los paramédicos, nadie atendió mi llamado. El mundo se ensaña en no dejarme dormir lo suficiente, lo necesario, lo prudente. No hay derecho, la gente egoista no entiende que debo dormir entre doce y catorce horas diarias; pero me toca trabajar, estudiar y volver a trabajar. Que falta de misericordia con el prójimo. El prójimo somnoliento y también roncador en áreas de estudio. La linda chica que antes me ofrecía libros ya no lo hace, ahora me conoce y me cuida el sueño, le quiero por tan noble labor, aunque me dé puntapiés cuando ronco.
Muchos creen que no tengo donde dormir, pero ignoran que lo que no quiero es pagar más multas de transito. El policía con mal aliento me había despertado en dos ocasiones para impartirme multas por dormir en el carro, aun cuando estaba parqueado adecuadamente; es ilegal dormir dentro del vehículo. El muy desconsiderado no quiso entender que prefería descansar antes de entregarme a manejar peligrosamente adormecido. Ahora manejo dormido, sospecho que así manejo mejor.
Geri, mi linda amiga que me consiente, me llama al teléfono entrada la noche, le contesto y le digo que no puedo hablar mucho, que estoy ocupado. -¿Estás durmiendo? – Pregunta ella segura de la respuesta. – ¡No!- respondo yo, inseguro de si aun lo estoy o no. – ¡No me mientas! ¡Casi no puedes ni hablar!- le molestan mis mentiras. –Te dije que estoy ocupado, hablamos luego- Lo digo con más babas que palabras. –Hoy es la noche de juegos, ¿vienes o no?- es noble. –Ya te llamo al ratito- respondo en tono conciliador. Vuelvo a dormir convencido que aun me falta un ratito mas de sueño, cuatro horas. Siempre debo dormir horas pares.
Me invitan a ver películas. Empiezo la película sonriente, dos minutos más tarde ya estoy dormido, pero aun rio en coro con los demás asistentes.
Debo viajar a una ciudad cerca por trabajo, en el carro de la empresa duermo, mis compañeros notan mis manías al dormir. Me quieren más desde entonces ó ya no me odian tanto.
Es sábado en la tarde y tengo un dilema, ya he dormido dieciséis horas, no sé si sea prudente levantarme y hacer algo, ó no perder el impulso y seguir de largo durmiendo, se que estas horas de sueño me serán esquivas la siguiente semana. Debo comer, pero ya es tarde y nada está abierto. Ahora tengo hambre y sueño, pero si duermo se me olvida el hambre, se me olvida todo. Dormir es un buen negocio.
Es domingo, he dormido una cantidad agradable, estoy enérgico, radiante, vivaz. Llevo ausente de este planeta solo un día y todo se pone mejor cada vez que me desaparezco. Tocan la puerta, me pongo mis pantuflas de conejo, me agazapo en una esquina de la ventana, debo averiguar quién es, son mis lindas vecinas alemanas, traen correspondencia para mi, las quiero porque apagan la música en sus noches de fiesta para que yo pueda dormir. Me entregan la correspondencia de toda la semana con una sonrisa comedida y piadosa. Vuelvo a la cama.
Recibo las siguientes cartas: la primera es de la biblioteca, me han cancelado la cuenta por mal-uso de las instalaciones y debo pagar una multa; la segunda es del departamento de tránsito, me citan a una querella por manejar dormido y también por dormir en el carro; la tercera es la cuenta del banco: dos juegos de mesa, los compre para una fiesta a la que no fui, nunca voy a fiestas; la cuarta es de la video-tienda, me piden que por favor devuelva las películas que rente la semana pasada, no recuerdo ninguna de esas películas; la quinta, y no hay quinto malo, es una carta del trabajo con un memorando donde dicen que me notan muy cansado y debo descansar: una semana sin trabajo. Dormir no es tan buen negocio.
Me recuesto en la cama y pienso que todo puede ser culpa de ese oriental malvado y la bibliotecaria. Se han confabulado contra mí, lo se. Hare mis averiguaciones.
Daniel Rodríguez.