sábado, 18 de octubre de 2008

La Abuela Motorizada

Abro los ojos, la luz que entra por la ventana dice que son mas de las 8 a.m., mi primer pensamiento es la pesadilla en que se ha convertido tener vehículo. Deseo volver al planeta de los sueños de donde nunca debí regresar. Ya es de por si una tortura ir a retirar el carro del parqueadero donde aquel señor amable y gentil me recibe de la manera mas atenta y comedida, pero su entrañable actitud servicial no logra hacerme olvidar que cada hora después de las 8 que deje mi humilde harapo motorizado en sus dominios, El muy infame me cobra cuatro mil pesos mas! dinero que siempre pago sonriendo desmedidamente, sonrisa que solo brinda la hipocresía de ocultar mi pereza e impotencia de levantarme a tiempo.

El reloj marca las 8.50am, prometí levantarme para llevar encargos y víveres a mi abuelita, miro por la ventana, solo advierto unos pocos transeúntes en una de las vías mas transitadas de Bogotá. Así que en un acto de irresponsabilidad y total entrega a los placeres frívolos del pecado, decido Egoistamente volver a la cama con la firme convicción que no puedo bañarme a tan tempranas horas, debo dormir un poco mas y llegado el momento de partir lo haré sin practicar ningún ritual higiénico en mi cuerpo. De vuelta en la cama aparecen nuevamente en mis sueños todas aquellas tentaciones, bellos recuerdos y amantes regresan de una manera deliciosamente complaciente.

Un ruido constante, ensordecedor me despierta, mi billetera grita por la ruina económica a la que nos esta llevando nuestra pereza, una pereza que no es producto del deseo aferrimo de quedarme vegetando, mas si de la fatiga de un ritmo de vida que quizás me este llevando a un envejecimiento prematuro, no soy muy joven tengo 22 pero el ultimo año ha resultado extenuante, no por la sobrecarga de actividades mas si por la ausencia total de las mismas, una carrera académica llevada a su fin con el desarrollo de una Tesis en ingeniería que me ha consumido en un mundo de exceso de tiempo libre y abundancia de maneras para dilapidarlo: una repentina adicción a escribir quizás como único escape para poder decir todas aquellas palabras que suelo producir en grandes cantidades y no calidades!; Una incansable persecución a mecánicos y técnicos automotrices que me han hecho el benefactor de la educación de todos sus hijos, de cada uno de sus amoríos y de todas sus aventuras extra-matrimoniales; Un repentino amor por aquellas actividades deportivas que no exigen mayor esfuerzo, flotar indefinidamente en una piscina, la tranquilidad del Golf; y quizás el mas afable de mis pasatiempos es conducir donde he aprendido a disfrutar de las velocidades y del mundo que pasa alrededor mio.

Manejo a velocidades imprudentes, pero prudentemente veloces para no dejarme alcanzar de todos los que me persiguen, me acosan, me asedian. Viajo a visitar a mi abuelita, la mujer mas amorosa y trabajadora que conozco, a sus 65 años es mas enérgica, activa y dinamica de lo que puedo imaginar, he viajado a visitarle, a consentirle. Llego a su lugar de trabajo, a lo lejos me ve, siento su mirada cariñosa y tranquila, me envuelve, siento que debería quedarme a su lado para siempre, que lo único que quiero en la vida es darle todo lo que ella merece y creo no me alcanzarian mil vidas para conseguirlo, siempre siento cuanto me quiere y me extraña, aun cuando estamos lejos siento su aprecio desmedido por mi, al verle advierto lo puro de sus sentimientos, la sabiduría de sus acciones, la dulzura de sus palabras, me siento pequeño y afortunado de contar con ella en mi vida.

La recojo, sube conmigo y comenzamos a avanzar, siento que a su lado solo debo conducir de la manera mas suave y sutil, me siento subyugado por su amor, encuentro que pierdo mi tiempo andando velozmente cuando puedo ir despacio, casi flotando, hablando con ella. Si debo padecer todas mis miserias para poder vivir este instante en compañía de tan admirable mujer, mi vida tiene sentido, debo ser un hombre exitoso, me siento así cuando me veo a su lado, sirviéndole, soy su chauffeur, disfrutamos del paisaje, me consiente, me aconseja, me quiere. Vamos despacio pero vamos tranquilos como si quisieramos que nunca terminase ese instante de sumo cariño.

Llegamos a su casa, me apresuro a abrirle la puerta, le extiendo mi mano para ayudarle a bajar, me dice: "amor, gracias por traerme, pero mi Sergito debes aprender a manejar , como todo un hombre!", ¿porque lo dices?-respondo, "amor, manejas como una señorita"-me dice ella acarameladamente, me quedo en silencio, congelado, ella continua: "debes andar con brio, velozmente!, aquí la abuelita soy yo!", sonrío y solo se me ocurre darle un beso en su frente y decirle cuanto le quiero.

Salgo de regreso a casa, conduzco como un demente, acelero en todas las curvas, sobrepaso a todos los vehículos, soy de nuevo un conductor peligrosamente veloz e imprudentemente feliz. Pienso que amo a mi abuelita mas que a nadie en el mundo, aunque ella dude de mi virilidad al volante.

Daniel Rodriguez.