lunes, 10 de noviembre de 2008

Regalos.

El cassette que grabe para Julián que incluía todos nuestros grandes éxitos de cuando éramos una banda. Ninguna otra evidencia queda de nuestro pasado musical que fue sin duda un pasado glorioso.

La billetera que me dio Herman cuando se dedicaba a robar productos del éxito y otros almacenes de cadena, aun la llevo conmigo y él no volvió a robar nunca más, al menos no billeteras.

La tarjeta graciosa y esperanzadora que le regale a Catalina Torres cuando estaba convaleciente en un hospital. Ella fue mi primer amor concupiscente, lascivo y libidinoso, no existen tarjetas suficientes para pagarle lo mucho que me enseñó sin corromper mi inocencia.

Las camisetas deportivas que me trajo Pablito, mi hermanito, de su viaje a Argentina, sin duda es un alma bondadosa y caritativa que gasto su dinero en comprar cosas para mí y cada miembro de la familia. Aunque las terminara usando el, poseído por su ferviente y casi religiosa pasión por el futbol.

La manilla que compre para Liliana hace muchos años, la puse en sus brazos y fui feliz, conocí la esperanza, la ilusión, pero las cosas no terminaron bien o realmente nunca empezaron bien, ella se reía de mí y de la manilla. Me entristece que se riese de mi manilla, que se ría de mí que soy un payaso pero no de esa manilla justiciera y hermosa que tanto trabajo me costó pagar.

El lindo Volkswagen Escarabajo modelo 61, regalo de un indiscutible Buen Padre para un cuestionable Buen Hijo.

El video de música que envié a Daissy acompañado de una nota encendida e insinuante que sin explicación alguna me devolvieron con diez mil pesos dentro, debieron sentir bastante pena por mí para haberme dado dinero quizás con la esperanza que mas nunca volviera a escribir tan improcedentes frases.

La pequeña porcelana replica del Santiago-Bernabéu que le di a Ricardo cuando me fui de Pontevedra, significó bastante decirle adiós a mi compañero de saga, decir adiós a las tardes de futbol cuando fuimos Oliver y Tom, Bebeto y Romario. Nunca fui mas amante del futbol que cuando gracias a cada uno de los pases y toques de esta dupla, anote un gol que me hizo feliz.

La linda chaqueta que me dio Pacho, era una prenda hermosa y fina, pero nunca fue más majestuosa y delirante que cuando mi amada Carolina la lucio para mí; Pacho ignora el paradero de su chaqueta y yo ignoro el paradero de mi Carolina.

Los Binoculares que me dio el mono Morales para que espiase las intimidades de mis vecinos a través de mi ventana. Nunca alcance a ver algo, pero sentí mucha pena cuando los perdí.

La chocolatina Toblerone que me regalaron por un aniversario que nunca llegue a cumplir, triste pero consecuentemente nunca saboreé su delicioso chocolate suizo acompañado de miel, almendras y nueces.

El llavero, recuerdo de aquel buen amigo que estuvo en las vegas y me trajo un simbólico souvenir en forma de ficha de un conocido casino. Pacho.

Las tarjetas de presentación de diseño irrepetible, fino material, sobrias y elegantes, llenas de cualidades y aptitudes que engrandecían a la recién graduada Ingeniera con unas discretas iguanas por todas partes, el autor no dudo en cobrarme un buen dinero por ellas, yo no vacile en pagarle y la Ingeniera no lo pensó dos veces antes de renunciar a todo lo que yo le di. Nunca las entregue.

El otro llavero, recuerdo de aquel otro buen amigo que también estuvo en las vegas y me trajo otro simbólico souvenir en forma de ficha de otro conocido casino. Carlos Andrés.

La canasta de víveres y golosinas que siempre prometí enviarle a la familia que bien me trató cuando fui a Montería hace un par de años, la vida me permitió visitarlos nuevamente y expresarle mis agradecimientos, aunque sospecho que Doña Fabiola sigue esperando su canasta de víveres y golosinas.

El Llavero oficial de Volkswagen que tanto me prometió Cristian y nunca recibí.

El mouse para mi portátil que me regalo Alejandrino con el único propósito que pudiéramos jugar: Unreal, Age of Empires, DotA, Warcraft, aquellos jueguitos que nos dieron tantas alegrías, algunos problemas y pocas glorias.

Los detalles que siempre tuvieron Diana y Paola conmigo: Invitaciones a almorzar entre otros pequeños cariños, me cuidaron como no merecía. Aun me pregunto que era aquello por lo que ellas debían agradecerme, cuando seré yo el que siempre las amara en silencio por lo lindas que fueron conmigo.

Las postales, camisetas, ó quizás El llavero que siempre espere recibir de aquellas viajantes que deambularon por toda Europa y pensaron primero en 63 personas antes que en mí, no tuve regalo. Supongo que no lo merecía pues no agradecí como debía los bellos llaveros que me regalaron desinteresadamente otras personas y la vida me castigo negándome aquel que tanto deseaba egoístamente; De haberlo recibido creo que hubiera renegado acerca de él porque la gente siempre me regala llaveros; La vida es sorprendentemente justa.

La plumilla para tocar guitarra que Jonathan me regalo de cumpleaños, me busco incansablemente todo el día para entregarme este pequeño regalo que agradecí infinitamente y perdí pocas horas después.

La guitarra que le compré a Vladimir, quizas la historia nos condene pero creo que ambos sabemos que no se la page completamente -a él nunca le importo-. Siempre he visto esta guitarra parsimoniosa e impasible, como el regalo que Vladi nunca me pudo dar formalmente pero que de corazon recibí y ahora me acompaña en todas mis intrepidas aventuras.

Todos los regalos que brinde, los que no brinde, los que nunca entregue, los que me devolvieron y los que ya no recuerdo. Todos fueron cortesía de: Mamita Esther, Mi Papi y Mi Abuelita; Ellos me dieron la oportunidad y la libertad de compartir con todas las personas que hoy recuerdo, todo aquello que mi dicha y sobre todo mis bolsillos vacios no me hubieran permitido.

Daniel Rodríguez