martes, 30 de junio de 2009

LA CHICA TROTA SIN DESCANSO

Una mañana de Febrero cerré la puerta con tanta rabia que las ventanas retumbaron casi al punto de estallar. Había salido a trotar y previsiblemente el frio me había derrotado. Salí semidesnudo y traté de seguirles el paso a unas lindas chicas que galopaban aun mas desnudas y como nunca sería tan lindo como ellas tampoco pude marchar a su ritmo; me hallé a varios kilómetros de casa y tuve que regresar en taxi, la hipotermia me iba a matar. Por su parte, Ella escuchó la puerta y no se perturbó en lo mas mínimo, siguió contemplando su libro, ensimismada, como si nada sucediese, con esa alegría que siempre escondía su rostro. Me indignaba su tranquilidad.

Molesto le dije: –No entiendo cómo puedes ser fanática de los eucaliptos.

De inmediato me respondió: –Porque no hablan– sin desprender su mirada de esas fotos arboladas.

Burlado grité: –¡Nunca más volveré a tratar de adelgazar!

Me secundó ella: –¡Nunca más!– sonrío pícaramente. Sabía que habría de intentarlo nuevamente.

Todo había empezado unas semanas antes así:

Solía observar algunos de mis vecinos mientras disfrutaban del parque y sus alrededores; los espiaba desde mi ventana con envidia; parecían tan felices: mientras patinaban, mientras pedaleaban, y más mientras trotaban. Admiraba sus vidas; yo no podría ser tan feliz, no a causa del ejercicio. La gente, que es malvada y también más lista que yo, me recordaba constantemente el gordo mofletudo y sin gracia en que me había convertido. Era una ofensa tan irrebatible y evidente que la aceptaba sumisamente. Quería acallar las insidias y superarme, tracé un plan, primero habría de ocuparme de mi gran amiga: la pereza.

Las cobijas me abrazaban cálidamente, sin ánimo de dejarme ir, pero fui valiente. Me dije: Quiero ser feliz (delgado) de nuevo. Tal como la chica que trotaba en las mañanas por todo el vecindario, cabalgando desafiante y atrevida, al parecer no se había enterado que la vida es (por lo general) triste. Me deprimía verla pasar frente a mi casa, rebosante de energía, a veces competía con ella, yo en el carro, pero a merced de su paso lento y seguro me superaba continuamente; los semáforos eran sus mejores aliados. Continuaba mi plan: debería entonces ejercitar mis adormecidos huesos y mi masa muscular adiposa, flácida y sin tonificar. Trotaría un poco, pero solo un poco.

Me vestí acorde a tan honorable labor: pantaloneta azul celeste; corta y ligera, camiseta blanca; ceñida y sin mangas, zapatos deportivos, medias blancas, y unas manillas para el sudor que hacían juego con la banda que llevaba en mi cabeza.

Di unos pocos brincos, una breve calistenia mientras abría la puerta. Levante la mirada hacia el horizonte donde alcanzaba a ver mi destino: ese parque donde había vislumbrado la felicidad. La escena encerraba un aire torero, quizás como un presagio inequívoco de un triunfo mío sobre la vida. Troté hacia la calle sin olvidar cerrar la puerta. Fui sonriendo desmedidamente a todos mis vecinos con admiración y agrado, finalmente era uno de ellos, me sentía uno de ellos, pero mi alegría se comenzó a opacar. A pocos metros de mi casa, y a pesar del sol radiante, soplaba la mas fría brisa que me adormecía la cara mientras galopaba, halle fuerzas en mi y logre continuar, pero el viento gélido fue malvado e inclemente, me derrotó, y de la manera tan rápida como salí, estaba de regreso en casa.

Siempre me alegro de ser tan precavido: había cerrado la puerta de mi casa correctamente; la seguridad ante todo. Siempre me entristece ser tan despistado, había olvidado las llaves dentro; un tonto ante todo. ¿Qué habría de hacer? Estaba atrapado afuera de mi casa, desprotegido y sin nada en mis bolsillos.

Templando de frio y resignado a morir sin dinero, sin celular, y lo peor, gordo, comencé a caminar. Zigzagueando sin destino trataba de pensar, si encontrase un teléfono no tendría números a donde llamar, tampoco tenía dinero de modo que no podría llamar ni ir a ninguna parte. Nunca me había sentido tan tonto, tan desnudo, y con tanto frio; al menos no todas a la vez.

De repente, e inesperadamente, vi mi salvación (o mi condena, depende de cómo se le mire y donde se le mire): la chica que trota sin parar. Allí venia, provocadora como siempre, imperturbable; mi última esperanza. Me adelante a su paso y la aborde mientras trataba de seguirle el ritmo con mi último respiro, pedí su ayuda y le conté lo que me había ocurrido. Por supuesto, no fue una versión fiel de los hechos, no podía revelarle lo cobarde y tonto que había sido; no en ese momento. Ella se detuvo y en un acto de total desenfreno interrumpió la música de sus auriculares y me dio su teléfono; tan glamuroso como ella, aquel que cargaba en su ante brazo y que además de musicalizar su marcha, le indicaba las calorías que estaba quemando y otros datos que encontré altamente apropiados.

Navegué un poco desde su dispositivo, conseguí el número telefónico que necesitaba y allí mismo llame a quien tenía la otra llave de mi casa. Supliqué por su ayuda.

Me dijo: –Tomare un taxi y estaré allí en cuanto pueda, espérame en la puerta, no desmayes. –sonaba angustiada.

Le dije: –No te garantizo que me encuentres con vida, estas pueden ser mis últimas palabras, apresúrate.– Ella río. No me parece risible mi vida agonizante, pensé.

Mientras hablaba al teléfono, la chica que trota sin parar (también semidesnuda, claro esta) no desaprovecho el tiempo y siguió ejercitándose sin desplazarse, estiramientos y contorsiones donde juro que logré verle todo, hasta una parte de su alma. Luego, le agradecí y le dije que me había salvado la vida. Solo sonrío, y antes de partir me informó que tenía un grupo de chicas que salían a trotar algunos días. Puedes acompañarnos si quieres, dijo ella –me entusiasmé- Así puedes adelgazar un poco –me deprimí.

De regreso en casa, espere algunos minutos, luego llego ella, tan campante y distinguida, al parecer ya había olvidado que mi existencia se encontraba amenazada por el frio infame que confabulaba contra mi persona y toda mi descendencia. Ella me saludo con un beso cálido y despreocupado, que me haría olvidar todo, como siempre. No sabía si amarle u odiarle. Sentía que ella se sabía superior a mí: esbelta, despreocupada, tibia. De momento solo pensaba en reavivar mi cuerpo, luego me ocuparía de ella y su apacible actitud. Me sumergí en un baño de aguas tibias por algunas horas.

Al cabo de un rato, lleno de rencor; pero del rencor cálido (que es mejor que odiar fríamente), mire nuevamente por la ventana ese parque donde la felicidad me había sido esquiva una vez más. No lo podía creer, allí estaba otra vez, la chica que trota sin parar, sujetada al árbol gigantesco de buen olor, exhibiendo todos los gozos de su cuerpo, ejercitando (sospecho yo) su espíritu, o eso que ahora llaman yoga. Perplejo y resignado acepté que nunca seria delgado de nuevo, carecía de esa determinación para lograrlo; nunca más alguien habría de quererme con cariño; no soy como ellos no merezco ningún afecto, pensé.

En ese momento: Ella, la amante de los arboles, quien ya se hallaba bastante molesta con el tema de mi sobrepeso, entro al cuarto y me sorprendió observando de nuevo el parque.

Me dijo: –No te atormentes más mirándolos.– le sentí cariñosa.

Le dije: –Solo quiero ser como ellos.– fui humilde.

Me preguntó ella: –¿Para qué?– hallándose desconcertada.

Le respondí: –Para que tú me quieras más.– fui noble.

Ella se apresuró y dijo: –Yo te quiero así.– fue tierna.

Le expusé: –Pero los prefieres a ellos.– confesé resignado.

Preguntó de nuevo: –¿Cómo quieres ser?– comprensiva, como nunca le vi.

Contesté sumiso: –Quiero ser un eucalipto.



Daniel Rodriguez.

domingo, 31 de mayo de 2009

ESA EXTRAÑA TRANQUILIDAD


La señora McLeod, es encantadora. Siempre mira todo a su alrededor con una minuciosidad enfermiza. Es rubia, de facciones fuertes, alta de estatura, y contextura delgada. De ella, Joanne, había escuchado que le gustaba la historia universal pero debido a sus ocupaciones nunca fue más que un pasatiempo; esto me lo contó su marido: El señor McLeod, dueño de la propiedad donde yo había habitado los últimos meses. Neil, sujeto de contextura rolliza, estatura prominente y aspecto caucásico, que sonreía constantemente.

Solía verlos una vez por semana cuando religiosamente pagaba mi renta, ellos siempre iban juntos o eventualmente aprovechaban nuestro encuentro semanal para coincidir sus agendas en ese lugar. Más que una cobranza, era siempre una visita cálida y acogedora. Joanne invariablemente llegaba primero, siempre hablábamos de historia, de guerras, de idiomas y de la pureza de su sangre.

Se sentía orgullosa de sus antepasados de Irlanda del norte y también de su conocimiento de las culturas del mundo. Aseveraba que solo mirando la cara de una persona podía establecer sus raíces familiares con una precisión absoluta, pero que comprensivamente las masivas olas de inmigración habían vuelto el más afable de sus pasatiempos una labor cada vez más complicada. Hace veinte años te subías al tren y podías mirar a alguien y decir con total seguridad: su madre es de Francia y su padre polaco, no había pierde, hoy nada es lo mismo, Afirmaba ella.

Siempre me examinaba en silencio, indagándose, yo lo notaba, decía estar segura que tengo un ancestro europeo que debió surgir en una migración desde el medio oriente hacia España y posteriormente en el mestizaje algo de su herencia se perdió con los nativos americanos, pero insistía que la sombra de aquel personaje aun subsistía en mí. Me lo repetía con tanta propiedad que no podía no estar en lo correcto.

Cierto día, Neil llego primero a nuestra acostumbrada cita, no era común que esto sucediese pero no le di ninguna importancia, de modo que me permití conocer a Neil de alguna manera diferente, El solía hablar siempre de las mejoras de la casa, de lo rentable de sus negocios, pero comprensiblemente me habló de su querida Joanne. Advertí en él un cariño único cuando se refería a ella, sus palabras se tornaban suaves y cautelosas.

Me contó de cómo conoció a Joanne en un viaje a la India hace ya algunos años, de aquello que le llamó la atención cuando aun eran adolecentes y que aun se vislumbraba claramente en ella. Me dijo que nunca había estado tan seguro de una decisión como la de haber dedicado su vida a su esposa; cada mañana se convencía mas de este gran acierto: una buena mujer, dulce y entregada a sus labores. Insospechadamente me susurro, con una complicidad irresistible, los placeres que ella le brindaba en la cama, a lo que yo sonreí y fuimos algo más amigos. Aunque comprendí que lo admiraba porque reconocía en él una felicidad que me era del todo desconocida.

Finalmente se despidió olvidando el dinero motivo de su visita, cuando estaba a punto de partir pregunte por Joanne y porque no nos acompaño en esta ocasión, el me miro con esa extraña tranquilidad y me dijo que ella había sido diagnosticada con cáncer de seno. Le dije que lo sentía, a lo que él se apresuro a responder que no era nada, esas cosas pasan, dijo. Yo aun perplejo le pregunte por la gravedad del asunto; es un estado avanzado del cáncer, le harán una cirugía y luego lo de siempre: radio y quimioterapia, recito él sin perturbarse. Le expuse una torpe reflexión propia: --No entiendo porque le suceden estas cosas a gente tan buena como ella--, si le pasara a gente mala, quizás nos alegraríamos, y nadie debe alegrarse por algo tan triste, sucinto él.

Me palmoteo la espalda y dijo que nos veríamos la otra semana, marchó tan sereno como siempre, encendió el motor de su vehículo y arrancó, no sin antes sonreírme en su convertible rojo. No olvidaré esa extraña tranquilidad con la que me habló, la paz que solo brinda el amar sin restricciones; imagino a la señora McLeod acostada en un hospital ojeando un libro con mapas antiguos y Neil a su lado admirándola, amándola en silencio, ella encuentra el país donde sospecha proviene un antepasado mío, lo enseña a su esposo quien la escucha atentamente. Ambos ríen.


Daniel Rodríguez.

lunes, 11 de mayo de 2009

PERDIENDO EL CONTROL

Una llamada irrumpe el silencio del amanecer.

¿Aló?

-Amor, hablas con tu abuelita.

-Hola Abuelita, que alegría escucharte, ¿Cómo va todo?

-Gracias a Dios, todo súper. Y ¿Tu? ¿Cómo estás?

-Bien Abuelita, no me quejo, aunque casi no me queda tiempo para dormir.

-Mi Sergito, estoy muy preocupada.

-Cuéntame, ¿Paso algo?

-Se que andas muy solo, y siempre que me escribes dices que tienes pereza. La soledad no es buena.

-Ya, y ¿Por qué estas preocupada?

-Porque tú te empeñas en estar solo. Haz algo. ¿Por qué no invitas a Carolina?, yo se que a ella le encantaría estar contigo, se nota que te quiere muchísimo.

-Abuelita, Carolina y yo terminamos hace más de un año.

-Ay amor no seas remilgoso, anda y pídele perdón. Nadie te quiere como Ella.

-No sabes lo que dices.

-Llámala, de seguro le encantara que la invites unos días a que te visite y te consienta, nadie te quiere como ella.

-Abuelita, No te había dicho, pero ella tiene novio.

-Claro que lo tiene. Tu, mi vida.

-No soy yo. Es Otro.

-Ay mi Sergito tu siempre con tus ocurrencias. Ella sería incapaz.

-No sabes lo que dices.

-Ella es la mujer indicada para ti, lo sé. Dios lo ha querido así.

-Abuelita por favor entiende, Carolina esta con otra persona hace un tiempo y no ha de volver.

-Mi amor ¿Ves lo que te digo?; la soledad te está haciendo daño. Ya andas alucinando cosas. Como se te ocurre decir que ella tiene otro novio. Me preocupas. Ella sería incapaz.

-Comprendo. Esto puede ser difícil, pues no te lo había querido comentar antes.

-Dime.

-Carolina está embarazada.

-¡Ay amor! ¡Qué Alegría! Que bendición tan maravillosa. Sabía que ustedes eran el uno para el otro. Ella es un amor. ¿Cuándo regresas?

-Abuelita por Dios, ese hijo no es mío.

-No te pongas así, Ya sabes lo que bien te he dicho de ser un hombre responsable. Tienes que responder por tu hijito, mi amor. ¿De quién mas va a ser si no tuyo? Con eso no se juega. A Dios no le gustan esas cosas.

-Abuelita el padre del niño es el futuro esposo de carolina.

-Ves, me encanta cuando te pones noble. Ya no eres su novio, ahora eres su marido. El que Dios ha elegido para acompañarla y cuidarle. Qué lindo mi Sergito, me has dado la alegría más grande en mucho tiempo. Serás un gran esposo con la esposa más linda. Dile a la mamita de carolina que me muero de ganas por conversar con ella. Tenemos mucho de qué hablar. Ella es genial.

-¿De qué hablas?

-Amor, ya vengo debo contarle esto a la señora Melania, ¿la recuerdas? Ella te conoce desde que eras un bebe y estará orgullosísima de ti. Será un niño precioso. Seré bisabuela. Te amo mi Sergito.

-Lucila, Por favor escúchame atentamente: Carolina y yo terminamos hace mucho tiempo, Ella está mucho mejor así y creo, yo también.

- ¿Por qué dices cosas tan horribles? Me duele escucharte así, Como dices que una madre puede estar bien sin el padre de sus hijos. Eso no es vida. ¿Cómo puedes ser tan cruel y desalmado? Estoy preocupadísima por ti. Has cambiado, ya no eres noble como antes y me da tristeza perderte. Solo hablas de mujeres cualquieras que ves por la calle y te olvidas de la que tanto te quiere y es ahora la madre de tus hijos. Yo no puedo imaginarte más así. Debes regresar, te siento distante, perdido, confundido. Voy a Hablar con la madre de Carolina, debemos recuperarte, por allá te puede parecer normal el libertinaje que vives pero eso no está bien.

- Abuelita, tú no me escuchas con atención.

-Si lo hago, pero quisiera no hacerlo, me lastimas Sergio Daniel.

-Entiendo. Abuelita, está bien. Tienes toda la razón. Hablare con Carolina y le pediré perdón, responderé por mi hijo y quizás, no te lo garantizo, le de mi apellido. Depende de ella.

- Así me gusta mi nietecito favorito, que seas todo un hombrecito: ¡hecho y derecho! Ya sabía que te hacían falta mis consejos. Has vuelto al camino correcto. Llámame pronto y me cuentas.

-Así será abuelita.

- Te quiero mucho mi Sergito.

-Y yo a ti. Te adoro Lucy.

-Besos mi amor.

-chau chau.

El hombre mitómano cuelga el teléfono. No debo mentir mas, ya debería saberlo, piensa. Las mentiras se le salen de control. Ahora debe decir otra más grande que lo saque del embrollo. Él lo sabe. Haría lo que fuera por su abuelita que tanto ama y que lo ama ciegamente.


Daniel Rodríguez.

jueves, 30 de abril de 2009

Hare Justicia.

Me encontraba durmiendo en un amplio sofá de la biblioteca, sofás dispuestos para las personas diligentes e itinerantes que buscan el conocimiento, los mismos que yo había usurpado sistemáticamente para mis siestas diarias. Allí al final de mi reposo programado me abordó un sospechoso oriental que me abrumaba con preguntas insidiosas, traté de contestarle con algo de decoro pero no logré articular correctamente palabra alguna. El sospechoso sujeto, algo molesto por mi falta de cooperación, se alejó no sin antes mirarme con la lástima que merecía. Cerré los ojos nuevamente.

Era inevitable, dormiría un par de horas más, lo sabía. Lo que no sabía era que alguien habría de perturbarme de nuevo. Un puntapié letal al tobillo me envió al suelo, grité auxilio y llamé a los paramédicos, nadie atendió mi llamado. El mundo se ensaña en no dejarme dormir lo suficiente, lo necesario, lo prudente. No hay derecho, la gente egoista no entiende que debo dormir entre doce y catorce horas diarias; pero me toca trabajar, estudiar y volver a trabajar. Que falta de misericordia con el prójimo. El prójimo somnoliento y también roncador en áreas de estudio. La linda chica que antes me ofrecía libros ya no lo hace, ahora me conoce y me cuida el sueño, le quiero por tan noble labor, aunque me dé puntapiés cuando ronco.

Muchos creen que no tengo donde dormir, pero ignoran que lo que no quiero es pagar más multas de transito. El policía con mal aliento me había despertado en dos ocasiones para impartirme multas por dormir en el carro, aun cuando estaba parqueado adecuadamente; es ilegal dormir dentro del vehículo. El muy desconsiderado no quiso entender que prefería descansar antes de entregarme a manejar peligrosamente adormecido. Ahora manejo dormido, sospecho que así manejo mejor.

Geri, mi linda amiga que me consiente, me llama al teléfono entrada la noche, le contesto y le digo que no puedo hablar mucho, que estoy ocupado. -¿Estás durmiendo? – Pregunta ella segura de la respuesta. – ¡No!- respondo yo, inseguro de si aun lo estoy o no. – ¡No me mientas! ¡Casi no puedes ni hablar!- le molestan mis mentiras. –Te dije que estoy ocupado, hablamos luego- Lo digo con más babas que palabras. –Hoy es la noche de juegos, ¿vienes o no?- es noble. –Ya te llamo al ratito- respondo en tono conciliador. Vuelvo a dormir convencido que aun me falta un ratito mas de sueño, cuatro horas. Siempre debo dormir horas pares.

Me invitan a ver películas. Empiezo la película sonriente, dos minutos más tarde ya estoy dormido, pero aun rio en coro con los demás asistentes.

Debo viajar a una ciudad cerca por trabajo, en el carro de la empresa duermo, mis compañeros notan mis manías al dormir. Me quieren más desde entonces ó ya no me odian tanto.

Es sábado en la tarde y tengo un dilema, ya he dormido dieciséis horas, no sé si sea prudente levantarme y hacer algo, ó no perder el impulso y seguir de largo durmiendo, se que estas horas de sueño me serán esquivas la siguiente semana. Debo comer, pero ya es tarde y nada está abierto. Ahora tengo hambre y sueño, pero si duermo se me olvida el hambre, se me olvida todo. Dormir es un buen negocio.

Es domingo, he dormido una cantidad agradable, estoy enérgico, radiante, vivaz. Llevo ausente de este planeta solo un día y todo se pone mejor cada vez que me desaparezco. Tocan la puerta, me pongo mis pantuflas de conejo, me agazapo en una esquina de la ventana, debo averiguar quién es, son mis lindas vecinas alemanas, traen correspondencia para mi, las quiero porque apagan la música en sus noches de fiesta para que yo pueda dormir. Me entregan la correspondencia de toda la semana con una sonrisa comedida y piadosa. Vuelvo a la cama.

Recibo las siguientes cartas: la primera es de la biblioteca, me han cancelado la cuenta por mal-uso de las instalaciones y debo pagar una multa; la segunda es del departamento de tránsito, me citan a una querella por manejar dormido y también por dormir en el carro; la tercera es la cuenta del banco: dos juegos de mesa, los compre para una fiesta a la que no fui, nunca voy a fiestas; la cuarta es de la video-tienda, me piden que por favor devuelva las películas que rente la semana pasada, no recuerdo ninguna de esas películas; la quinta, y no hay quinto malo, es una carta del trabajo con un memorando donde dicen que me notan muy cansado y debo descansar: una semana sin trabajo. Dormir no es tan buen negocio.

Me recuesto en la cama y pienso que todo puede ser culpa de ese oriental malvado y la bibliotecaria. Se han confabulado contra mí, lo se. Hare mis averiguaciones.

Daniel Rodríguez.

martes, 31 de marzo de 2009

Los Dias Que Se Fueron 3ra-Parte

IV.



Distinguida Pilar:


Me encuentro hoy escribiendo una carta que con el dolor de tu ausencia se que quizás jamás leerás, pero solo un testarudo y terco, como sabes que soy, continuaría escribiéndola hasta contarte todo aquello que quizás no quisiste escuchar de mi. Pily, te recuerdo por primera vez en un bazar en aquella escuelita donde solías trabajar. Me recibiste con un cariño único. Me presente como Oscar, no quería que te dieras cuenta de mis inocultables –y sospechosas- intenciones con tu linda hija, pero tú, que siempre reconociste mi mirada perdida y desorientada, sonreíste sabiendo que mentía pésima y descaradamente. Me brindaste de todo lo que vendían en aquel bazar que ayudaba con fondos para esa noble labor de la que tú eras cómplice. Regodiento –como de costumbre- no hice mi mejor cara y advertiste que mi pasión no eran las papas chorreadas. Algo molesta y ofendida, arremetiste contra mi gusto por kokoriko y otras buenas mieles de la cocina callejera. Pero bien me entiendes ahora; que hemos comido juntos en diferentes lugares, diferentes platos, diferentes cocinas pero siempre con el mismo amor; lo difícil de renunciar a esos placeres.

Recordar todo aquello que nos une seria interminable porque tu sabes todo lo que vivimos, lo que padecimos, lo que sufrimos, y cuanta felicidad tuvimos al final, cuando vimos luz en aquellas epocas tan oscuras. Aunque ahora solo recuerdo aquellos episodios inolvidables, ¿recuerdas cuando fui profesor invitado en tu escuelita? yo recuerdo muy bien algunas cosas,tus alumnos: Alan, Natalia, Giggio (Yiyo) -disculpa el glamour pero ya conoces como soy de pretencioso-, Giovanni, Fernando, entre otros, de alguna manera me querian y me saludaban como el profe. Sonrio ahora por la inocencia de un niño, porque ignoraban ellos ingenuamente que de mi no podrian aprender mucho. Al entrar al salon de clases se abultaban sobre mi, con un cariño poderoso y en esos momentos admiraba y envidiaba tu vocacion. Yo solia ir a ayudarte a ponerle planas de escritura a estos chicos, ignorando mi caligrafia impresentable que tiempo despues mejoro gracias a ti. Solia dictar una clase de deportes donde les enseñaba lo que mal aprendi acerca del fútbol. No sabes cuan mal le hiciste a estos angelitos, poniendolos a merced de todas mis malas mañas, de esa picardia al jugar, como conjurar ataques al rival y de esa actitud envenenada contra el arbitro, que yo sembre en ellos. No importaba la derrota, siempre sería culpa del arbitro. Ellos bien aprendieron esa parte. ¿Que habra sido de aquellos lindos chicos? Espero no hayan dedicado su vida al deporte. Pero al igual que ellos, siempre te vi como la profe que soluciono todos nuestros problemas, yo siempre grite tu nombre y viniste ayudarme. Ahora extraño que me invites algunos caramelos en la cafeteria, ya sabes como me gustaban, pero solo los de marca. ¿me invitarias algunos?, aunque nunca te di las gracias. Ahora lo hago sentidamente. G-r-a-c-i-a-s P-r-o-f-e-s-o-r-a P-i-l-a-r.

Perdóname si nunca te dije lo mucho que te quise y si es aceptable, lo mucho que te ame. Te consentí como una damita que merecía muchas de mis atenciones. Recuerdo mucho de ti. Llevo mucho de ti. Extraño todo de ti. Quisiera que la vida no nos hubiera castigado con esta amistad tan chúcara y miserable a la que tu sabias, siempre estuvimos condenados, y que precariamente tratamos de salvar de mil maneras en una labor perfectamente inútil. Por eso, hoy te escribo, con la esperanza que quizás recibas algo de mí con cariño y no con prevención. No quiero que pienses: otra vez el pesado de Daniel, queriendo entrometerse en nuestras vidas. Solo quiero contarte cuanto te quiero y cuanto te extraño, si así me dejas. Y es que nadie, pilar, nadie me ha estimado como tú, creíste en mi, en mis buenas intenciones y me permitiste entrar en tu casa, me confiaste tu vida, y yo solo supe huir ante el peso de las responsabilidades. Discúlpame si en mi cultivaste una amistad para afrontar las tempestades y solo estuve a tu lado en las primaveras. Solo supe hacerte reír cuando no debía, ¿recuerdas? “Dani por favor no! Otro día me cuentas los chistes” no podías reírte de mis –malos- chistes por tus cirugías y cuando era insostenible la risa, decías sentir que te descocías por dentro. Extraño que rías de mi mal humor, de mi pésimo humor, nadie se ríe con tanta gracia como tú, menos de mis chascarrillos. Extraño darte paseos cuando estabas convaleciente, caminar despacio a tu lado, salir al tronco a la entrada de tu finca. Extraño cuidarte, porque siempre te cuide. Me adoptaste como otra madre, pero te abandone como otra de tus peores decepciones. Debí ser fuerte a las mareas del amor que aquejaban mis aposentos y tener la tenacidad para protegerte de los calenturientos amantes que atravesaron tu camino, aquellos que aceleraron mi partida de tu vida.

Luego de la separación de Ernesto tu corazón me pareció una montaña rusa indescifrable y temiblemente peligrosa. Primero Fue Luis. Lo conociste por internet. Y me dolió enterarme los planes que tenían juntos, de repente ya era dueño de tus sueños; te abandone un par de meses y a mi regreso ya tenias un prometido. Pero más me dolió enterarme que te acostaste con él. Quise tener una mente liberal y hacer de ello algo normal, pero fracase en el intento y no pude tolerarlo, hirió mi orgullo. Todo marchaba bien, el te visito. Tú viajaste a conocerlo. Pero de repente –y previsiblemente- él desapareció. Me afligió estar en lo correcto, era solo uno más que jugaba con tu cariño, el mismo que hoy extraño. Luego hablaste conmigo en un par de ocasiones, y me contaste lo sola que te sentías, pero que ahora tenias un nuevo amigo, te pregunte por él, y solo me dijiste que era un ingeniero, más joven que tu, 15 años para más señas, y que eran (solo y nada mas) estupendos buenos amigos. Te advertí y te dije que no parecía bien lo que hacías, que la soledad era la peor consejera. Me entere luego, y de tus labios, que habías enredado tus sentimientos y tus piernas en sus dominios. Llore de tristeza, y supe que te había perdido para siempre. Nunca más supe de ti. No pude buscarte; no soy así de valeroso. Nunca más me buscaste. Y flagelándome, en un ejercicio de especulación totalmente infructuoso, pienso que si hubiera sido fuerte, tu amigo, un verdadero amigo, nunca hubieras buscado el afecto y las atenciones que yo te brindaba en los brazos de otro. Sé que soy egocéntrico y –quizás- engreído al pensar esto, y que posiblemente nunca te hubiera llenado como hombre. Pero quise ser el hombre, el hombre de tu casa, para cuidar de ti, de tus lindas hijas. Ahora me resigno gallardamente a ser un recuerdo en sus vidas, pero tú siempre estarás en mis contactos como: mi mamita Pilar.



Daniel Rodríguez.

martes, 17 de febrero de 2009

Mi Hijo En El Barco


Aquella mañana sin saberlo, empaque todo y salí apresuradamente. Casualmente no olvide la guitarra ni ningún documento en aquella casa donde mi hijo había crecido. Cuando me desperté él –mi hijo- estaba aun durmiendo, hice algo de ruido y regañadientes como siempre se levanto a toda prisa y salió ágilmente del cuarto. Su madre y yo nos alistamos con gran urgencia pues ya íbamos algo retrasados. En el carro antes de partir vi de nuevo a mi hijo en la silla de atrás durmiendo. Me dio pena despertarlo nuevamente, pues era un holgazán de tiempo completo, y quizás por eso me sentí orgulloso como padre, porque ya era lo que yo nunca lograre ser. Era la hora de partir, así que lo baje del vehículo y salimos a toda prisa. No nos despedimos de él. Quedo solo en casa aquella mañana.

Hace más de 10 meses de aquel incidente, no volví a ver a mi hijo ni a su madre. Aquella mañana abandone su casa para jamás regresar; conspirando con el destino, no deje ningún motivo para volver. Al menos no uno urgente, porque mi hijo, quien ya se hallaba bastante crecido era totalmente independiente de cualquiera de nosotros. Llevaba una vida sentimental agitada y sonoramente placentera, pues éramos testigos cada noche de cómo las féminas que lo perseguían maullaban de placer, en la misma terraza donde le vi crecer y donde salía a saludarme cuando me sentía llegar. Mi mayor orgullo. Un hijo que –literalmente- le enseñaba a su padre a hacer hijos.

Sonará pues improbable; pero de lo imprevisto de la existencia surgen las más bellas maravillas de nuestras vidas; mi hijo, un lindo gato, hijo de una muñeca –su madre- y un padre bastante particular. Llego a nuestras vidas de una manera inesperada, su bisabuela –mi abuela- lo envió en una pequeña cajita que él no tardo en vencer buscando su camino a la libertad. Su postura impetuosa y de una superioridad admirable, lo hacía patrón de todo el territorio y de aquellos que habitábamos en el. No mentiré si digo que su cuerpo engañaba su ego, pues él creía ser un León, que rugía y en su infinita misericordia perdonaba nuestras vidas día a día, bajo la amenaza de devorarnos de una sola bocanada.

Yo gozaba de ser su sirviente preferido pues me rugía con un desdén encantador, como si fuera su vasallo, me ordenaba todo con un cinismo brillante, y yo lo complacía agradecido. Pero era contrariamente noble con su madre, quien lo sometía a unos mimos algo denigrantes para él, el rey de la selva, pero que él, sorpresivamente bondadoso consentía todo de ella, siempre halagándola, siempre lamiéndole, cuidándole, acompañándole, durmiendo siempre juntos. Quizás por eso no me extraño demasiado todo este tiempo. Porque yo le servía cortésmente, pero su madre lo idolatraba y el –asombrosamente- no era esquivo a sus cariños. Esos ojos y esa mirada felina que ellos compartían, los hermanaba de un modo inimaginable.


Ayer, mientras manejaba (imprudentemente) recibí un correo de su madre: “esta mañana Simba Nené estaba enfermo, lo llevaba al veterinario pero no alcanzó a llegar. Supuse que te importaría saberlo” No supuso mal, ni igualmente imagino que no era la primera vez que un correo de ella a altas velocidades me hacía perder el control. Detuve el vehículo e hice algunas preguntas.

En la mitad de una autopista a la velocidad que soy tan feliz, recibí la noticia que mi hijo ya no cuidaba a su madre, ya no lamia sus mejillas y se había marchado para jamás regresar. Llore y solo recordé que era Oliverio de nacimiento, como fue bautizado por su bisabuela, pero era Simba de corazón, como fue bautizado por su madre, porque era un León bondadoso y fieroso encarcelado en un lindo gatito. Recordé que era mi hijo, mi único hijo, producto del amor de su madre y de mi abuela –dos de las mujeres que más he amado-. En silencio le pedí a su madre que hiciera algo para honrar la memoria de nuestro lindo nene. Retome mi camino y pensativo, deduje que mi hijo jamás moriría de una manera tan pusilánime, no era su forma de ser.

Decidido a encontrarlo o al menos a no olvidarlo, entre a una tienda de modelismo y vi el regalo que honraría su memoria y lo haría vivir para siempre. Un barco gigante, barco que me recordaba aquella película donde un león, una cebra, una jirafa y un hipopótamo, guiados por unos pingüinos trastornados, abandonaban la ciudad en busca de la vida salvaje. Allí supe que mi hijo no había muerto, solo se había marchado a ser el mismo. A aquella isla inalcanzable donde el podría ser el León salvaje que no pudo ser.

Me dirigí a los puertos de la ciudad. Camine entre la arena, con aquel barco de juguete en mis brazos. Marche rio adentro, con mis pies hundiéndose en la arena babosa y el agua que surcaba suavemente la playa tocando mis rodillas, puse el barco a flote y la foto de mi lindo nene en sus chimeneas. Lo solté y la corriente me lo arrebato de mis manos. Liberando a mi hijo. Llore nuevamente pero sonreí mientras lo veía alejarse.


Daniel Rodríguez

sábado, 7 de febrero de 2009

Los Dias Que Se Fueron 2da-Parte.

III.





Estimada Carolina:








Hoy, como de costumbre, pensé mucho en ti. Marque el número telefónico de tu casa. Aun recuerdo todos tus números: Cedula, Teléfono, Celular, Licencia de Conducción, Pasaporte, Seguro medico, entre otros. Ya sé que muchos son el mismo número, pero así siento que no te olvido y de paso, algo de inteligencia en mi. El teléfono timbraba y sentí la angustia que quizás contestaras y no sabría que decirte, desee que nadie contestara y así fue. Hace un tiempo escribí esta carta y otras más: a mis padres, a los tuyos, a mis amigos y a otros, pero la primera –la más importante- fue la tuya, eran muchas hojas, te hablaba de todo aquello que recordaba de ti, de cómo te conocí, y también, como te desconocí. ¿Recuerdas nuestros viajes? Déjame te recuerdo alguno en caso que los hayas olvidado.

El primer viaje que recuerdo lo hicimos a mi finca, viajábamos un viernes y era un fin de semana con un día festivo, recuerdo exactamente la fecha, viernes 15 de octubre. No teníamos carro y viajábamos en bus. Aun estábamos en la universidad así que yo debía asistir a algunas clases, y en particular a unos cuantos exámenes. Camino a la universidad un soldado del ejército me pidió mi libreta militar y mi cedula de ciudadanía –ya sabes lo indocumentado que vivía por aquella época- y haciendo alarde de mi conocida capacidad persuasiva lo convencí de mi inocencia y pude seguir mi camino, no con igual suerte o habilidad contaron todos los demás melenudos que detuvieron aquella vez. Era un viaje que el destino había condenado a realizarse. Nos encontramos en la U, salimos para tu casa, alistamos las maletas y viajamos con destino a Cachipay. En el bus presos de la penumbra que caía sobre nosotros decidimos querernos un poco, jamás serian suficientes besos, y tampoco jamás serian más inoportunos los tripulantes de aquellos buses. Llegamos y conociste mi humilde finca de recreo y más importante conociste mi linda Abuelita, pero más te intereso conocer mi linda piscina, la que a pesar del frio y del terror enfermizo que tenias al agua, decidiste enfrentar acompañándome en un chapuzón. Fuimos amantes furtivos usando la piscina a escondidas aquella noche estrellada. Yo sin ropa, ya te desvestía, pero tu tan pudorosa como siempre, no me permitías llegar más lejos. Cansados y -no menos- congelados subimos a la casa, como fugitivos que éramos entramos a hurtadillas. Te mostré el dormitorio que sería tuyo y el otro que sería mío. Discúlpame por no dejarte el cuarto con televisión, fue una falta de caballerosidad pero no quería dormirme a oscuras, y tu tampoco. Dormimos juntos en el cuarto con TV, aunque dormir podría no ser una palabra adecuada para aquella noche, cuando por primera vez me dejaste tocar tu cuerpo, deslizarme por tu espalda, acariciar tus senos bondadosos, y permitir que nuestras bajas humanidades se complaciesen. Los roces y refriegas nocturnas fueron nuestra religión, al menos por algunos instantes húmedos y temblorosos. Despertamos –tarde- al día siguiente ante la aparente normalidad del lugar, desayunamos un banquete gigante –ya sabes cómo nos consentían allá-. Esperamos todo el día la llegada de tus padres que viajarían a acompañarnos, aunque ahora sospecho que querían vigilarnos ¿Tu qué crees? Salimos al encuentro de tu familia al centro del pueblo, caminábamos despreocupados, como quizás no volveremos a caminar nunca, esperamos al anochecer y ellos aun no llegaban, te senté en una baranda a la entrada del pueblo y te quise un poco más, admirándote, consintiendo tu cabello descomplicado, tu nariz perfecta, y esos labios bienhechores y delicados que permitieron a mi lengua torpe y acelerada jugar con la tuya, tímida y respetuosa. Pero interrumpidos por las luces cegadoras del carro de tu padre, sonreímos y llevamos a tu familia a conocer el lugar.

Conocieron a mi abuelita, y a mi tía Janneth, quien trabajaba en el gobierno local, ella logro atrapar la atención de tu papá cuando dijo que habría un reinado regional y la reina nos acompañaría aquella noche en la casa. Tu padre, Ernesto, nunca pudo disimular ninguna emoción, ninguna mirada perdida. Quizás por eso, siempre gozó –y gozará- de mi admiración, le tuve mucho cariño y fui siempre un amigo frustrado de él, pues no pude ser más su amigo de lo que el respeto hacia ti y hacia tu madre me permitía. Aquella noche dormimos en cuartos separados, tú y tu familia en dos cuartos y yo en otro. Me enviaste un mensaje al celular a media noche reprochándome por no dormir juntos. Como eras de traviesa, ¿porque eras así?, por eso te quería tanto, por eso daba –y daría- mi vida por ti. Quisiera ahora enviarte otro mensaje y reprocharte igual ¿Por qué no dormimos juntos esta noche?

Nunca fuimos al reinado, ni siquiera a las ferias que se celebraban en las veredas cercanas y más pronto que tarde estábamos de regreso. Tenias otro viaje con tu parroquia ese mismo fin de semana, nunca te perdone que acabaras apresuradamente nuestro paseo por irte a broncear con tus –literalmente- amigos parroquianos, pero conminaste mi perdón y aceptare que nunca te vi más sexy y cándidamente hermosa que postrada en una cama desnuda cubierta por cremas para las quemaduras, ¿recuerdas? No podías moverte, parecías un camaroncito, todo rojito, y yo te quería saborear así. Te aplique las cremas con la mayor ternura y con no menos lujuria, pues del ejercicio de aplicar la crema terminamos agitándonos a escondidas en tu casa. Así recordare ese viaje a mi finca como aquel que despertó la lujuria en mí, y de cómo a pesar del ardor de las quemaduras pudimos frotar nuestros cuerpos calmando nuestras más candentes pasiones.

No quiero aburrirte con estas historias, que quizás recuerdes con vergüenza, pero soy desvergonzado y quiero contarte esta última, prometo no contarla completita, ni en exceso de detalles, ¿Si?, solo un par de minutitos mas. Esta historia la recuerdo empezar en un McDonald’s, exactamente el del centro comercial de Galerías, celebrábamos que habíamos pagado nuestro viaje a Montería. Tu mami nos acompañaba. Había una felicidad en el ambiente que me parecía peligrosa, el exceso de azúcar cuando pedimos McFlurry y cono helado para cada uno debió causar la fatiga de nuestras neuronas. Pues me esperaban más de 20 horas de viaje por tierra a donde rezaría por tres días la romería al espíritu santo, y aun así sonreía mensamente. Ya sabes cuan lochoso soy para viajar en carro, pero tú, bandida, Carolita, solo tú me hiciste viajar como nadie por tierra, parecías mi castigo y yo solo me deje flagelar por tu amor de carretera. Fuiste siempre mi Salva-vías. Empezamos el viaje muy tarde en la noche, yo abrigado por el suéter vino tinto que me regalaste, pero mi nariz congestionada luchaba por brindarme un respiro y tú, algo cuidadosa –como siempre- cargabas en tu bolso pañuelos para mí, limpiaste mi nariz, y yo te ame un poco más. Recuerdo mucho de lo que vivimos en el bus pues a decir verdad pasamos mas en el bus que en tierra firme. Fueron 26 horas de viaje, múltiples paradas, e incontables canciones y actividades en las que no logre contagiarme de la alegría que poseía este grupo de viajantes, ¿podrás perdonarme algún día? Yo se que te hubiese encantado haber estado en el centro del bus gritando, bailando, exorcizando a un desprevenido –si así hubiese lugar-, o alguna otra actividad que tu fe profesante y militante te hubiera permitido, pero tú consentiste mis pataletas y preferiste guardar reposo a mi lado, lejos de la turba de gente que se sacudían poseídos –sin lugar a dudas- por la unción redentora del espíritu santo. Así te recuerdo hoy, distraída, perdida de la vida, sin norte o sur. Un alma volátil que encantaba a los que te veían pasar. No sabias para dónde ibas, ni de dónde venias. Como una bella mariposa que posaba brevemente para mí; cuando en esos pequeños instantes de compromiso, de sensatez, de reposo, me abrazaste mientras todo pasaba alrededor; antes de volar nuevamente agitando tus hermosas alas. Quizás por eso te recuerde hoy, porque olvidaste al mundo entero por un segundo y te sentaste a mi lado a ver la vida pasar.


Daniel Rodríguez.

domingo, 25 de enero de 2009

Andrea y El Metodo Hungaro

Es tarde en la noche, camino por un callejón oscuro sobre Bond Street, las luces de la ciudad son tenues, la penumbra y el humo del lugar encubren un sitio de encuentro furtivo al que asisto por total inercia y en el que solo echare un vistazo y partiré. Es una fiesta a la que me han invitado sin dar un centavo; no pude rechazar esa tentadora oferta. Entro, todos parecen estar disfrutando del lugar, se acerca una dama que ofrece guardar mi abrigo, declino, alego sentir muchísimo frio, aunque creo ser el único que parece sentirlo; todos los asistentes transpiran de una manera peligrosa, están hacinados, sus cuerpos se humedecen, la ropa les estorba y cada vez hay menos espacio entre ellos, respirando mas humo que aire. Diviso algunas personas que conozco, pero no puedo acercarme a ellos, no podría sobrevivir a esa turba de seres humanos que se sacuden al ritmo de las canciones más histéricas; mantengo la distancia.

Saludo a mi buen amigo Jean, fue él quien me regalo la boleta para asistir. El se acerca a la barra, pide la cerveza light que incluye la boleta. Mientras converso con dos o tres conocidos que disfrutan de mis habladurías; evidentemente he asistido a este lugar a hablar; lo curioso es que la música esta a todo nivel y nadie me escucha. No veo porque quedarme más tiempo ahí, he cumplido diplomáticamente mi labor de asistir y saludar, decido marcharme. Me detiene un ángel, le veo ahí, parsimoniosa entre la muchedumbre, impecable, flotando sobre ellos, su cabello rojizo y rostro tallado por los dioses me congelan, ella no se perturba en lo más mínimo, el mundo resbala a sus pies. Le digo a Jean, que debo conocerla, que al menos le diré la más improbable de mis frases para alagarla; él responde que la verdad no le importa y que haga lo que me plazca.

Me acerco, ella está conversando con un viejo conocido, mientras me acerco ella se va del lugar dejando claro que volverá, aprovecho y hablo con mi viejo amigo, le pregunto por esta linda chica, me dice su nombre y me aclara que la siguiente semana ella estará en mi clase. Ella regresa y me dispongo a hablarle; nunca nadie me ha gustado como ella; me acerco y preparo mi mejor discurso, tomo aire, ella me mira, noto sus ojos y admito que son los más bellos que jamás imagine y que me han mirado, me dispongo a vociferar mi mejor arsenal de cumplidos, tengo su atención, me mira con sorpresa, y solo teme que quizás la devore con mi voraz y pastoso mal aliento. De repente alguien pasa por detrás y me empuja, voy sobre ella y derramo su bebida sobre su lindo vestido, ella me mira de nuevo con sus ojos inmaculados, y solo sonríe comedidamente, me da a guardar lo que queda de su trago y le veo marchar. Caminando al baño a limpiar la evidencia de mi torpeza le observo y entiendo que estoy condenado a decir que conozco a la mujer más hermosa del mundo. Así le conocí, mi linda Andrea.

Quiero acariciarte. Es lo primero que pienso cada día cuando entro a clase y le veo. Es siempre tan puntual, su rostro tiene una mirada fría que causa que todos sus admiradores calenturientos y apresurados sucumban prematuramente. Es de pocos amigos y eso me cautiva aun más. Después del incidente de la fiesta, me tiene algo de aprecio, solo sé que me reconoce entre los demás, quizás por mi torpeza algo divertida. Le he visto un par de veces en los alrededores y siempre me atrapa cautivado por sus ojos, congelado mirándola, ella solo sonríe y me hace unas señas que respondo con la sonrisa mansa que me caracteriza. Las clases a las que asistimos son poco constructivas y de no ser por ella, hace tiempo hubiera desertado, ella me motiva a asistir diariamente, solo verla allí, tan diligente y entregada a sus labores me devuelve la esperanza que quizás exista algo porque levantarse cada mañana.

Debo abordarla y a pesar que ella nota lo mucho que atrapa mi atención, nunca hemos tenido una conversación formal; no aspiro ni espero mucho de ella, solo que me recuerde y sea mi amiga. La profesora pide numerar las personas de 1 a 15 para un trabajo en grupo, hago las cuentas rápidamente y cambio de posición en el salón y mis cálculos fueron correctos, ella y yo tenemos el mismo número, trabajaremos en algún proyecto juntos.

Empezamos a hablar y ella me cuenta mucho de ella, presto mucha atención, de igual manera le bombardeo con cumplidos y piropos que en demasía solo causan que no crea nada de lo que le digo y solo sonría. Su sonrisa es todo aquello que me condena, descubro que sus ojos son únicos y su belleza improbable pero su sonrisa es un elixir que me obliga a buscarla, tratar a cada segundo de hacerla feliz. Siento que quizás la ahogue con tantas atenciones. No quisiera estropear la química cantinflesca que nos une, yo su poeta-bufón de cabecera y ella mi princesa inalcanzable. Por algunas semanas vivimos así, siempre sonriendo al caminar, saludando a lo lejos y es quizás la manera correcta, ella ríe de mis ocurrencias y yo soy realmente feliz de verla sonreír.

Entro al salón de clases le encuentro sola como de costumbre, le veo triste, le pregunto si esta todo en orden, ella responde contándome lo sola que se siente, lo mucho que extraña su natal Hungría y como estas épocas festivas le afectaban profundamente, sentí que quizás nuestra amistad había tocado un nivel de comprensión más profundo del que esperaba, me sentí afortunado.

Pero mi incomprendida actitud frente al amor haría de las suyas, sentí que estaba exponiendo mis sentimientos más de lo debido, que quizás la estaba acosando de una manera enfermiza, decidí cortar por lo bueno y poner algo de distancia entre los dos. No quería arriesgar lo lindo que teníamos por mostrar una pasión calenturienta y apresurada por una mujer que gozaba de todas mis atenciones. Procuré no saludarla mucho, no encontrármela frecuentemente, no mirarla demasiado, no admirarla en cantidades, no dirigirle la palabra innecesariamente, y quizás ella quien no esperaba mucho de mí, más que un amigo se vio confundida y traicionada, y yo me vi en un desasosiego por su sonrisa que ahora me era esquiva.

Decidí abordarla un día que le vi sola de nuevo y preguntarle como estaba, su respuesta fue tan diciente que no pude evitar sentir la miseria de mis actos aunque debo confesar que sentí la ira de mi orgullo, me dijo: “eres alguien muy raro, te conté todo lo que sentía y más que nadie sabes cómo me siento, no preguntes cosas que ya sabes y que además según veo no son de tu incumbencia”, sentí como mi comportamiento era premiado con su desencanto, confesare que esta distancia marcada que puse entre los dos era una de aquellas estrategias que buscaban despertar su interés, obteniendo comprensiblemente todo lo contrario.

Preso de una herida en lo más profundo de mi orgullo, decidí no volverle a hablar, pensé que no podía dignificar esa clase de comportamientos, mantuve la distancia entre los dos, a pesar de desear estar a su lado siempre, nunca fuimos mas amigos, mas camaradas que cuando solíamos reír juntos. Pero fui condenado por su ausencia y de verla cada día en clase tan hermosa y bella, acepte que no podía seguir siendo el patán de siempre, era momento de un detalle que comprobaría lo idiota que soy, por mi linda Andrea y en general, por ella valdría la pena padecer las más baja de las miserias solo para ser redimida por su sonrisa inmaculada.

Andrea, mi linda Andrea, es una bióloga profesional y una viajante itinerante e incansable, ha visitado muchos lugares del mundo y cuando habla transmite ese amor que siente por todo aquello que hace; me había contado que el jardín botánico de la ciudad le había parecido un sueño y que lo más frustrante había sido llegar a la tienda de recuerdos y no poder comprar todos los libros que ella quería, porque no le alcanzaba su dinero. Dinero proveniente de sus padres que semanalmente ponían en su cuenta para que ella no pasara ninguna necesidad, dinero que le proveía de muchas facilidades, sin embargo, ella quiso conseguir un trabajo, le comente acerca de ser mesera que por su caracter delicado y gentil seria genial, me dijo que le parecía agotador el trajín de ser mesero que prefería algo mas fuerte pero con un carácter menos servicial, así fue como consiguio trabajo en la limpieza de un hotel, no creo haber sentido tanta admiración por un ser humano, como cuando supe su labor de los fines de semana. Le propuse que no trabajara en ello, que yo no lo permitiría, ella respondió que eso mismo querían sus padres pero que ella quería ganarse su propio dinero, nunca estuve tan enamorado de la determinación de alguien.

Fui en la víspera de noche buena al jardín botánico, le compre un detalle que esperé le haría tan feliz como ella me había hecho a mi; cuando sonreía, cuando era mi niña de temperamento, cuando su sonrisa atrapaba mis días. A pesar de nuestros desencuentros tenía mucho mas por brindarle. Le compre un bono de regalo para que se comprase algunas cositas en su amado jardín botánico. Nunca me sentí tan benevolente y justo en la vida, ella solo me había brindado su amistad, y su cuerpo para mi admiración, pero así honraría todo lo lindo que puso en mi; una ilusión inalcanzable.






Seria apresurado decir cuánto le ame, pero justo cuando creí ser un gran ser humano dándole un lindo regalo, me sentí minúsculo, le di un pequeño detalle y ella me dio otro de manera inesperada, era un lindo bolígrafo, para que calmara mis instintos de escritor frustrado y para que escribiera una novela, novela en la que ella pidió ser la protagonista, confieso que sera la protagonista de todas mis fantasías, pues no conocí belleza más sublime e inalcanzable alguna vez. Acordamos que firmaría sus regalitos del jardín botánico con una acalorada dedicación. Y así fuimos felices por algunos instantes, hasta cuando salimos a vacaciones y esclavo de mis mezquindades nunca le pedí su número telefónico ni su correo, para quizás invitarle a salir y llevarle a ver las estrellas como tanto le gustaba, pues espere que ella lo hiciera primero.

Le volví a ver hasta el regreso a clases, pero ya no estaba en mi salón, me vio en el corredor y alegro mi vida, me habló de sus vacaciones, los lugares que visitó y todo me lo contó con una pasión y delicadeza única, me sentí a su lado en cada una de sus historias. Se quejó acerca de la cámara fotográfica que se había estropeado y había perdido las fotitos de los últimos días recorriendo unos paisajes mágicos, aquellos que se hicieron famosos recreando aventuras épicas de duendes y magos, todo me lo contaba tan apresuradamente que quise entenderle más y ser todo suyo para sumergirme en sus memorias, tome valor y le invite a salir por primera vez, Ella acepto pero me dijo que sería después de clase porque se reuniría con unos amigos a almorzar. Acepte, pero mi pereza e inseguridades fueron más fuertes, nunca cumplí nuestra cita. Debo confesar que espere que me llamara, una llamada que jamás llegaría pues no tenía mi número celular, ni yo el suyo.

Al día siguiente nos encontramos para almorzar y Ella quiso ir a comer al sitio que tanto le gustaba, pero yo quise ir a uno diferente, disgustamos tontamente, cada uno almorzó por su cuenta, nunca olvidare como me miró cuando no almorzamos juntos aquel día, su mirada incredula, sus ojos grisáceos con visos azules y brillos verdes me miraron con toda la lástima que aun hoy me castiga, Ella me ha condenado a ser un hombre infeliz, pues siempre comparare y ninguna chica será más preciosa que mi linda Andrea, su belleza salida de un cuento de hadas de los hermanos Grimm; como una mezcla de invierno, primavera y otoño. Sus suaves pecas rojizas dibujadas en sus mejillas tersas, aquellas que deseé acariciar y colmar de los más delicados besos en una noche fria, cuando su delgado y esbelto cuerpo buscase un poco de abrigo y yo le confesase lo mucho que me gustaba, abrazandole y sintiendole cerca.

Ahora escribo motivado por ese lindo bolígrafo que puso en mis manos y por qué me dijo que le gustaría que fuera escritor y Ella la protagonista de mis historias, pero lamento escribir acerca de como abandonamos nuestra amistad y como ya no merezco su saludo cuando se cruzan nuestros caminos, más ahora que no volveremos a vernos. Nunca más me miró con cariño, nunca más me sonrió con esa inocencia cándida y tierna, nunca quise revelarle lo inocultable que era cuanto me gustaba y así fui víctima de mis malos juegos y malas tretas. Quise conquistarle pero la envolví en un juego de confusión y desencantos que ella misma padeció y que no merecia. Quise amarle en silencio y que fuera mi amiga, pero falle en cada una de mis labores. Lamento mi comportamiento temeroso e inexplicable, aunque solo asi comprendí cómo cada una de mis acciones moldearon la manera de amarle infinitamente y de perderle inexorablemente, aquello que siempre conoceré como el Método Húngaro para amar y perder.

Daniel Rodriguez.